Are You Gonna Go My Way?

La lluvia por sorpresa minutos antes de que se abrieran las puertas, las carreras por alcanzar la obsesión de las primeras filas, y la arena; fueron los ingredientes necesarios para que el Coso de la Misericordia se transformase en algo parecido al Pantano de la Tristeza donde no tardó en imponerse el calor y la alegría de los teloneros: Vetusta Morla; una noche con Historia Interminable, al sonido enérgico de sus temas más conocidos como: ´Un día en el mundo`, ´Copenhague` y ´La cuadratura del círculo`, entre otros. Rotundidad y ganas que allanaron el camino al plato fuerte de la noche, que ya mugía descontrolado en el backstage de toriles.

Aunque se hizo esperar algo más de lo necesario, a las diez y veinte se apagaron las luces, se encendieron las miradas y saltó al ruedo el último adalid del rock & roll… Mr. Kravitz en estado puro, a los acordes contundentes de ´Freedom Train`. Los gritos y flashes se entrelazaban como parte programada del espectáculo y no bajaron de intensidad en el resto del concierto. Canciones bien conocidas por todos como: ´It Ain´t Over Hill It´s Over`, ´Fly Away´ o ` Mr. Cab Driver` hicieron volver a casa afónico a más de uno.

Derrochó simpatía y arrumacos telepáticos entre todas y cada una de las ocho mil personas que se agolpaban para verle. Y Don Lenny Kravitz, trátenle de usted, insistía: Quiero calor, mientras hacía alarde de la colección primavera-verano de guitarras que dejaba exhaustas después de cada canción, al tiempo que se sentaba a los teclados de un piano translúcido, como un personaje más de la compacta banda que le acompañaba. Quería entregar todo aquello que había venido a ofrecer y no se iba a ir sin ponerle un lazo corredizo que dejara al público sin aliento.

Con ´Let Love Rule`, demostró que los corazones que se salen por la garganta laten mejor en analógico que en digital. Pues consiguió que absolutamente todo el público corease con él ese estribillo rebosante, que incluía un mensaje de paz y amor… Dejando que el amor fuera quien dirigiera… Magistral.

Se despidió con ´Are You Gonna Go My Way` parecían las veintiuna salvas con las que se honra en la despedida a ciertos hombres y ciertas banderas. Seguiremos el camino marcado por Kravitz… El ¿por qué?… Bien lo sabemos los que estuvimos anoche en ese concierto.

Ya hay paz...


A tropel

Flores de un día, durante otro día... ¿Qué hacer?...

- Tropismo.

- ¿Tropismo?

- Tropismo, si. (del griego, tropos, "vuelta")...

... Por los vegetales (estados). Los vegetales carecen de órganos de los sentidos y cuando eso ocurre, realizan (–mos) movimientos de orientación ante la influencia de un factor estimulante (intuiciones).

- Así que ideas fundamentadas en intuiciones, eh? inspirado?

- Huelga! Todo el mundo en pelotas!!!!

- La cabeza veleta forjándose, en aleaciones de sedimentos, a rachas de viento. Perdiendo pelo… Ganando forma. Estética. Todo es un problema de estética y de carretas...

- Y la razón escalando la luz. Que quiere coronar para tenerse a sí misma y estar iluminada.

-La razón hace cima dos minutos después.

- Pero corona, oiga: lo cortés... El segundo piolet, los caballos blancos y las mujeres hermosas desanidadas en mi puerta...


Se dice de mi...




















Paper planes

Acabo de subir... Vengo de tomarme un par de cervezas con El Hijo del Capitán... Hemos estado hablando... Además hay un viaje pendiente.

Notte Sento



... Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.

Manos

Tocamos y matamos porque somos tocados y morimos… El sentido más elemental del tacto... Manos que tocan, que acarician, que rozan, que recogen el pelo detrás de ciertas nucas vírgenes que nunca nadie debió descubrir... Manos que se estrechan, a cambio de la paz… En lugar de la palabra. Manos para quitarse guantes y arrojarlos a la cara; manos con índices como gatillos que señalan antes de disparar. Molinillos… Como las manos de cualquier L'enfant terrible, a las que no hace falta que sople ningún tipo de viento para hacerlas girar.
Manos que juegan, juegos de manos… Preciosas manos a cámara lenta, que me dieron el calor y la paz en cierto refugio mientras afuera caían migas de pan; preciosas manos de alargados dedos que, como teclas de piano, susurraban el vienés de un tal vez… De un… Quizá te corte hoy mismo la cabeza... Quizá te deje vivir más de un mes… Otras… Y sin embargo… Manos con los viejos trucos de prestidigitación y un poco de esmalte hipnótico… Manos que no están acostumbradas a temblar, pero se piensan más de dos veces cómo desmantelar una bomba atómica. Las mismas que arañarán al despedirse si es que les llega el olvido, si es que algún día quieren despertar.
Dedos de manos que censuran besos o los piden con voracidad, manos que cruzan la cara en dos direcciones y amplían la perspectiva visual. Manos de palmo a palmo, las inevitables palmadas de manos en la espalda y los palmeros que nunca le faltan a cualquier madrugá. Las manos pecadoras por las que juró el príncipe danés, y la línea de la vida que alargada en su mano, se redibujó El Corto Maltés. Las manos de mi copiloto peinando al viento, jugando… Arriba y abajo… Izquierda y derecha… Volando a gran velocidad, manos que ya no se juntan… Que todavía se unen para rezar. El tiempo en unas manos llenas de arena, que no pueden hacer otra cosa que dejarla escapar.Manos desconocidas que mientras esperan una luz de semáforo, se rozan, se descubren y ya no quieren dejarse de tocar. Manos moribundas, buscando desesperadamente otras manos para arrancar un segundo de vida que no concederán, manos que aparecen por sorpresa bajo las sábanas al amanecer, y que resulta tan fácil apretar… Manos que dibujan con caricias circulares la pirámide de cobre somital. Manos que abotonan, y las que descorchan primaveras por, siempre, primera vez... Manos asesinas que nos quieren tan mal, manos que abrazan puñales como quien sujeta flores en un funeral. estas manos pecadoras que os escriben y que, por tímidas, no se quieren dejar ver ni fotografiar.
Sombrilla de manos contra la sobreabundancia de sol... Manos que toman en sus manos las manos, manos que se congelarán por escalar el K2, manos que se cierran para golpear, para saludar, manos que se ofrecen para levantarse, manos con ataques de artritis, manos que enjugan al dorso nuestras lágrimas, manos con sortijas, anillos de quita y pon, manos que dan la absolución en forma de cruz, manos con guantes de colores, dedos de manos que sostienen un hilo de humo con el símbolo de la paz, manos que aplauden la función, manos-cuenco para beber agua, manos curtidas y manos con uñas de cristal, manos sobre bastones y esas manos que me tienen loco caracoleando por entre las seis cuerdas de un patio andaluz, manos que saben leer, manos que ahogan, manos por las que se entra en el calor de alguna que otra hoguera, diminutas manos de cinco lobitos, en la manos de sus padres, tiene la loba. Manos que firman, que sellan acuerdos, manos que se retuercen, el placer de comer con las manos, manos que cierran los ojos cansados, manos agujereadas intentando abrazar a la humanidad…

Creo que lleva media vida huyendo


Omnes vulnerant, postuma necat...

Dicen... Cuentan... Que a ocho mil metros desaparecen los códigos morales y cada cual se hace responsable de su vida. Y esto lo dicen , incluso, los que han perdido amigos ahí...

Prosigo las ascensión a sabiendas de lo que arrastro, el piolet cosido en presa alrededor de mi antebrazo... Desde el aquí donde el oxígeno es algo más que escaso... Y he pensado más de una vez volver atrás... Hacia el lado de allá donde la posibilidad de hacer cima es de una entre diez, y una entre cinco de perder la vida.

Intemporalmente

-Olvídate de mí-. No me llames, no recuerdes ni me recuerdes, no me escribas, mi buzón tiene otro nombre. Créeme, ni el cartero que tengo a sueldo me encuentra si yo no quiero, no hables de mí como si existiera o hubiese existido.

Nunca me conociste, jamás estuvimos frente a frente y nunca compartimos el silencio, porque yo siempre -mientras- estuve hablando con otro alguien. No, ni tan apenas nos cruzamos por la calle como dos desconocidos que fingen no reconocerse, nunca sostuve tu mano en las mías, ni tan apenas llegué a rozarlas.

Lo juro, no fui yo quien decía “soy yo” en el interfono; no era a mí, a quién reconocías y abrías... Puertas, promesas, abrazos... Entre los que nunca estuve, ni fui parte. Nunca estuve ahí, porque elegí no estarlo… Intemporalmente…

Es la precisión del bisturí con el que desgranar el corazón de las manzanas con piel… Se puede… Yo, hijo de Adán, lo hice y por eso aún sigo con vida…

La Señorita corazón solitario

La Señorita corazón solitario... entró en el Calamar Bravo después de rebuscar en sus bolsillos; abrir la puerta y bajar la mirada al primer paso fue todo uno para mí. Se puso tres parroquianos más allá de donde me encontraba, esperando que nadie excepto el camarero se diera cuenta que existía... De que, aunque así fuera, respiraba.


Tendría unas veinticinco primaveras cosidas con el hilo de un quizá, pero al revés. Vestida con lo prescindible; las ropas de los que andan errantes de un sitio a otro, y una mirada bondadosa que se descubría más tierna, cuando se desprendió del gorro trotamundos que retenía, no sólo el cuarenta por ciento de su calor corporal, sino también una indómita melena áurea, que hizo sentirse vivo y respirar a más de uno de los que nos encontrábamos allí.

Era extanjera, de eso no había la menor duda. Pour favor -dijo- como si ronronease encima de cada una de las erres. One birra, excus.. pardon... Uuunnaaa birra, ¿si? Apuntó con una tímida sonrisa de corderito que tenía perfeccionada después de unos cuantos siglos de experiencia. Como un recurso atávico bien inscrito y aprendido para ciertas ocasiones... La diferencia -pensé- es que los hombres tenemos que vivir mucho, leer infinidad de libros y perder demasiadas madrugadas viendo películas para utilizar esas tácticas... Y a veces, ni aún así.

Y le dí la espalda, aunque la verdad es que no le quité el ojo de encima, para seguir con mis calamares, mi cañita y una conversación con mi padre de lo más interesante.

...

Estaba esperando los cambios cuando volví a fijarme en ella. Se encontraba en una de las mesas del final, sentada sobre un taburete con la piernas cruzadas y devorando con la misma intensidad el bocadillo de calamares y el libro, que ya había intuido antes en el bolsillo de su abrigo... Ahora, ya no le hacía falta sonreír...

Prendí un golpe de suerte y me marché perdiendo algo más del cuarenta por ciento del calor con el que me había abrigado... ¡Maldito sea yo y la vista que estoy perdiendo!.. No conseguí ver el título del libro que la tenía tan abismada...


El espejo de Juan Cabrero y El Inspirado


Todavía no habéis visto nada...


Renovación de ritos 2ª parte

Un año más lo hemos vuelto a hacer...

Lo que ha marcado la la diferencia es, que este año le hemos puesto nombre y así la hemos hecho más nuestra si cabe. Bastó con un cartón con vocación de estandarte y un corcho perdido de una botella de tinto, que después de ser debidamente chamuscado, sirvió de improvisado cincel...

La avenida del espacio tiempo. Ahí lo lleva el Mítico John Glenn...

Para el año que viene hemos pactado una inauguración en toda regla; con folclóricas, guitarritas y algo de pica pica para todo aquel, que tenga el gusto de pasear por nuestra avenida... ¿Qué clase de aves anidarán?


video

Postdatando: Por supuesto, estáis todos invitados... No os preocupéis por el día ni la hora, cuando seáis convocados, veréis la luz...

Migas de pan

Hace diez años... Unos días antes de Navidad, me acerqué como tenía por costumbre (hoy ya desacostumbrada -uno se vuelve egoísta y descreído con los años-) a visitar a los hermanos de la cruz blanca, que tenían ubicada una de sus sedes a unos doscientos metros de donde, a día de hoy, ha decidido instalar su república feliz El Coronel.

Al entrar estuve un rato hablando con Manuel, un hermano que venía del sur y que después de cinco años no acababa de acostumbrarse al frío invierno ni a los vientos, nada alicios del norte-decía él- con ese acento demasiado arraigado del que no estaba dispuesto a desprenderse por nada del mundo, como si fuera el último reclamo donde agarrarse para encotrar sus raíces. Los cuarenta los pasaba de largo y se le notaba en la barba entrecana y en las ojeras contemplativas, en las que cuando uno le agradecía el bisontes sin filtro al que siempre invitaba generoso, se podía encontrar, como si se tratase de un sagrario tallado, a ése Dios que prometía el origen hebreo de su nombre.

- Quédate a comer con nosotros –me dijo- Y así de paso me echas una mano con los chicos. Además quiero que conozcas a uno que llegó la semana pasada y que todavía no hemos conseguido arrancarle una sola palabra. Un historial médico... Te resumo... Canela en rama. Igual se suelta contigo, como no tienes pintas de hermano, ni te conoce... Con estos nunca se sabe...

- ¿Quién es? -le pregunté- apoyado en el marco de la puerta que daba acceso al comedor. La visión desde ése punto era cuando menos, divertida. Alrededor de unos quince enfermos mentales todos con sus reglamentarios baberos multicolor, esperaban ansiosos la hora en que los hermanos, haciendo auténticos malabares, les sirvieran el alpiste. Había ambiente, vamos.

- Es ése de ahí, se llama Antonio. Ven -me dijo- mientras me cogía del brazo arrancándome de mi cómoda posición de espectador, toma este plato de puré y dale tú de comer, porque ni para eso se menea el jodío. ¿Te acuerdas cómo se hace, no? Dijo socarrón sin apartar lo ojos del plato.

- Era por el agujero ése... El que hay debajo de la nariz ¿no? ¿O era el otro?.. Respondí mientras recogía el testigo en forma de puré.

Antonio estaba sentado, chupa de cuero trabajada de tercera o cuarta mano, camisa azul y jersey verde de cuello en pico, las manos sobre los tejanos y demasiado quieto. Tanto es así, que su estatismo contrastaba con el resto de compañeros de refectorio, que una vez ya con el plato frente a ellos, se dedicaban a distribuir el puré a partes iguales entre los hermanos y el suelo.

No se inmutó ni apartó la vista cuando le puse el plato sobre el mantel de círculos que intentaba cuadrar con la mirada. Me senté a su lado y nada parecía que pudiera alterar esa quietud. Pero el caso es que para mi sorpresa cada vez que llenaba la cuchara, él abría la boca lo suficiente como para que yo pudiera introducir el alimento. Me sentí como si estuviera alimentando a un pájaro que no decía ni pío.

Terminó con el último gajo de mandarina, le limpié la boca y entones me miró de una forma tan cruel, que tuve que apartar la mirada.

- Y tú… ¿Quién eres? Yo busqué a Manuel desconcertado, pero estaba en la cocina fregando los cacharros. ¿Qué buscas aquí? Tenía una voz rotunda, grave, y lo que es más sorprendente; lúcida.

- Yo soy amigo de Manuel, el hermano, dije sin arredrarme por el incipiente descubrimiento de su habla y su mala leche. Y estoy aquí de paso, a cambio de un bisontes sin filtro. Ya sabes, le dije ahora mirándolo fijamente y con un punto de malicia… La Navidad…

- ¡Muy bonito!, así que la Navidad, ¿eh? Has venido aquí a lavar conciencia, ¿no? La Navidad… El chico bueno que viene a dar de comer a los tarados, a cantar villancicos. Me llenas los ojos de lágrimas. La Navidad... La Navidad... La Navidad.... Empezó a repetir con una mortecina voz... La Navidad... La Navidad... La Navidad...

Estaba a punto de levantarme y dejarlo en su locura, cuando en un momento dado dejó de repetir su bucle y volvió a quedarse tan quieto como cuando lo encontré. - ¿Tienes un bolígrafo? dijo sin apartar la vista fijada de nuevo en la mesa. Se lo di. Y en un acto reflejo extrajo del pico de su jersey un trozo de papel que guardaba en el bolsillo de su camisa azul.

La Navidad volvía a repetir... La Navidad... La Navidad... Y mientras hablaba empezó a dibujar con la pulsión propia de un inspirado.

Estuvo dibujando durante unos diez minutos más o menos. Y durante ese tiempo no perdí detalle. Ninguno de los trazos maestros escapó a mi atención y los recuerdo como si estuviera ahora frente a él.

Terminó y me dijo mientras me arrojaba el dibujo como una sentencia de muerte entre las manos: Esto es por lo que has venido... Feliz Navidad, amigo... Feliz Navidad.

Se levantó y dándome la espalda se dirigió a un pequeño jardín que tenía la comunidad al lado del comedor. En el centro de dicho jardín había un pequeño estanque con peces, también de colores y un rumor de agua en movimiento que daba cierta paz. De cuando en cuando, Antonio metía la mano en el bolsillo de su cazadora y les lanzaba migas de pan a los peces para darles de comer...



...Hace poco tiempo estuve en una ciudad en la que me ocurrió lo siguiente, después de encontrarme con cierto ángel... No está mal encontrarse con ángeles de vez en cuando...

Había empezado a nevar y me encontraba caminando mientras estaba rumiándose ya el el viaje de vuelta, cuando me crucé por la calle con una madre y sus dos hijos. Uno de la mano, el otro, caminando sólo un poco más atrasado, sin perderla de vista.

- Mamá -ha dicho el pequeño- Y ésta se ha vuelto con el hábito de los que están acostumbrados a escuchar con cariño y paciencia. ¡¡¡ La nieve!!! ¿ves? ha exclamado señalando con su minúsculo dedo hacia el cielo.

¡¡¡Es como si cayeran migas de pan!!!

Luego el enano, se ha quedado mirándome mientras seguía a la madre que ya había reanudado el paso y me ha sonreído, diciéndome adiós con su cinco dedos...

...Seguimos buscando...

...Bon Nadal desde Barcelona...

El cucú de las seis de la mañana



Me ha costado aparcar... Aunque la verdad es que he estado dando unas cuantas vueltas de despedida por la ciudad, como si todavía pudiera decir de mi aquello de Venor Noctu. Algo tan fácil y sencillo como conducir... ¡Qué bonito verbo!.. Conducir...

Es curioso, la ciudad estaba desierta, tan apenas me he cruzado con un par de coches, a los que por cierto, he saludado con ése callado código de miradas de los que están despiertos mientras los demás duermen. Desolada y húmedas las calles... Cada noche las riegan, nunca dejan de hacerlo y sin embargo, nunca crece nada, el asfalto sigue siendo... Negro y pesado asfalto... Y siguen regándolas, haciéndolas nuevas, buscando la primavera, ésa que os prometo siempre que va a llegar. Y que ya estoy rozando con los dedos.


En un momento dado he girado a la derecha sin quererlo y sin intermitentes, y he visto el final de la calle. Estaba toda ella poblada de luces rojas, aunque esta vez no eran luciérnagas, o quizá si... Me he acercado despacio a la primera y el rojo ha dejado paso a un verde con ciertos toques salvíficos, así ha sucedido con la segunda, lo mismo con el tercera, y así hasta diez que han sido las que he superado sin mirar, por una vez, hacia atrás, en dirección a ése rumor de cabalgadura que tienen las tormentas que nos persiguen, a los torbellinos de hojas secas que nos anuncian lo perecedero y lo volátil, a ése maldito polvo que en más de una ocasión se nos mete en los ojos y nos hace convertirnos poco a poco en estatuas de sal.

...

Ya en la almena de Torrero, cuando he apagado el motor ha empezado a llover... Alguien desde el cielo no deja de regarnos...
Es la misma lluvia la que hace crecer desde la misma tierra, zarzales y flores preciosas algo así, dijo Guillermo Chaquespeare... Sea... Visto...

... Es hora de dejar salir a las flores... ¡Creédme!.. Porque todo está cosido... Yo lo he visto...

Clamo a ti desde...




Es importante conocer y ser conscientes que no somos únicos, y que nuestra historia no es extraordinaria. Pero más importante aún es; aprehender, saber, reconocer que en verdad nuestra vida... Es única y extraordinaria.




La cocina de Doménikos

Anoche la ciudad estaba tan callada que hasta las gotas de lluvia caían con discreción. El gentío que asola las ciudades caminaba evitando los charcos, como si en verdad supiese hacia donde dirigía sus pasos. De fondo, en lo más escarpado de mi cerebelo o quizá para ser precisos, bajo él, en la médula oblogada empezaba a ronronear la introducción de: Lover Man; que interpretaba para mí una vez más: Dave Brubeck, con su mortecina suavidad característica en ése precioso disco: Cool jazz for hot nights; que no sé a quién robé, pero que, recomiendo hagan lo propio si por causalidades de la vida, decide encontrarles y cruzarse en su camino.

El caso es que justo en el momento de terminar la introducción y un segundo antes de que restallasen los aplausos de quienes se supone, entendidos, habían reconocido la canción, vi el cartel: "El Greco... Toledo 1900". Quizá -pensé- por alguna extraña razón estuvieran aplaudiéndome el descubrimiento... Uno nunca se sabe cuando le besan o le apuñalan, sólo después se es consciente del dolor o el perfume, pero siempre es tarde...

La exposición cerraba a las nueve y a mi me quedaba todavía una hora para acudir impuntual a la cita con el hijo del capitán. Para sorpresa del roto en el bolsillo de mi pantalón la entrada era gratuita, lo que acentuó si cabe la expresión del mismo, dejándolo como un pez tratando de pronunciar la letra p con la boca abierta.

Harto de la insolidaridad del cielo y cansado de tener que esquivar a tanta gente (los que caminan acompañados siempre creen trazar la dirección idónea en el compás de sus pasos y somos los demás los que tenemos que cambiar; driblar, girar... Inventar nuevas líneas) me conduje a mi mismo dentro del recinto. Dave Brubeck ya bastante crecido, empezaba a meterse en harina y a mi, la verdad, es que no me parecía mala compañía para ver la exposición.

No estoy seguro de que comenzase la exposición por el lado correcto, la sala estaba muy oscura (prueba, una vez más, de que no seremos recordados, por más que queramos intentarlo... Sombras... ¿Quién nos recordará? ¿Durante cuánto tiempo se guardarán nuestros tímidos secretos?¿ Quién se detendrá ante nosotros?) y los únicos puntos de luz, iluminaban a los cuadros y fotografías que colgaban esperando el juicio póstumo de cuantos se acercasen.

La obra que se exponía, era uno de los dos apostolados que se conservan íntegros en el museo de Toledo, que actualmente ha cerrado por un tiempo y de ahí que estén sus hijos de vacaciones por la vieja España, nunca viene mal viajar un poco. Me detuve en cada uno de los cuadros el tiempo necesario, siguiendo como un detective amateur las sutiles pistas de los trazos, algunos de ellos inacabados (qué maravilla estos) para buscar al hombre detrás del cuadro. Mientras, Dave Brubeck le cedía el testigo al perseguidor, al bueno de Charlie Parker con su How Deep Is The Ocean. Qué quieren, me ha dado por reencontrarme con el jazz... Y uno está buscando colores...

Terminé y acallé a Charlie... Entonces me di cuenta. Todos los apóstoles, incluido Cristo, son grises, están como apagados, muertos, secretos... Las miradas; perdidas, tuertas en el caso de San Judas (como el olvido), ausentes, exploradoras, escudriñantes. De ahí el color -me dije-. Fieramente humanos pero revestidos de... ¡De Vida! Hombres grises pero abrigados delicadamente por el color, tocados por la luz para dar testimonio, inspirados por el Amor...

Que cada uno saque sus conclusiones...

La noche se reinventó después con el hijo del capitán en: el sonido del vino y en una más que interesante conversación... Pero eso ya, es otra historia...

La guerra de los treinta años

Quizá no me lo tengas tan en cuenta...

Tu-tum



... La fidelidad dura menos que un contrato de telefonía móvil...


Cerrando puertas


Cuenta Sánchez que en el campo base del Kangchenjunga puede leerse una inscripción:
Mi miedo desapareció y experimenté una gran libertad


Un adorno a un traje gris...


O simplemente un toque de color

Mi rostro mañana

Que si, que si.... Que bien. Que tu, que mi...
Sólo o acompañado, pero es el rostro de mañana el que está en juego.

Mi única patria...

Auckland, Bombay, Callao y Cartagena
Casablanca, Dubai y allá a mi frente Estambul...
Jeddah, Kuwait, y La Habana con su son.
La Valleta, Limassol, Miami y a Ho Chi Minh por Singapore.
Puerto Cabello, Santos... Con su express de carnaval.
Santo Tomás de Castilla, Túnez, Veracruz. Puerto Limón y Montreal,
Los Ángeles, Abu Dhabi, Bangkok y Abidjan...

Más de 84 puertos donde dejarse algo más que el corazón...

El mítico John Glenn

Papa Pitufo está de inventario. Un ideario como un tragaluz de regaliz, que no es la nada. Más bien una cristalera caleidoscópica con nervios grises a flor del azulejo. Y me llevo dos...

...Paradójico es, que sean los que únicamente pueden rasgar las dermis pericardias...



Yo que fui...


El Pekula, Polichinela, El Maquinista, Pozo, El Inspirado y Marilyn en Grand Central Station

... Nos sobran las princesas...

Te comento


Ahí estaba el friso, triglifo, metopa, triglifo metopa, tableteando las metralletas ¿quien ha puesto ese edificio gris ahí? Son sólo 400 metros, me relevo y me descubro con la terminología de mi parte. Ahora hay un SI. Amigo Leandro, asuntos exteriores.

By Pozo desde su Coliseo Itinerante

Quiero vol!!!

... Hace diez años...

No surprises

Empapado... Justo ahora que me han devuelto el mes de Abril. Las nubes, me dijeron, se habían quedado sin cambio, y me senté a esperar, ¡qué podía hacer!

Escribir o intentarlo, una vez tras otra con ese repiqueteo incesante de efectivo, que mata pero cura. Un alto precio para una tirita, en las rebajas de enero de los rasguños. Contar, contar, contar. Volcar el reloj, mi arena, mi tiempo, la sangre vertida, yo decoro paletas, que pintan bastos tras la batalla. ¿Tiene vida esa sangre? ¿Qué la bombeará ya fuera de mí? O… Más certero: ¿Quién o qué la limpiará y no dejará rastro?

Cuenta, dime, no malgastes el aire, llena el vacío de otros, la malsana curiosidad. ¿Qué queréis saber? ¿Qué haréis con ello? ¿Me juzgaréis?.. Por cuanto tiempo mis mas tímidos secretos en vosotros… ¿Hasta cuándo los arrastraréis por el desierto? ¿Contareis lo contado? ¿Seré cuento?

Como si eso fuera a solucionarlo todo, como si nos hiciera olvidar qué pensamos. Y sin embargo no dejamos de hacerlo, no dejamos de buscar que alguien se detenga el tiempo suficiente y nos escuche… Entonces, creemos que el dolor menguará, que estaremos acompañados ¿Hasta donde serás capaz de sostener mi mano? ¿Querré abrigarla al calor de las mías? ¿Podré mantener su calor? Que nos comprenderán o que pondrán luz. Y aunque así fuera… ¡Qué más da! Si no podemos dejar de ser nosotros mismos, sin nosotros…

Si, Abril y seguimos aquí. Curioso es que ahora precisamente tenga el arrojo necesario para sentarme a escribir, y no mostrarlo. Después de lo vivido, del olvido, que es tuerto… De robarle sueño a los tilos de orfidal, del corazón que es un cazador solitario, de los diez años de nubosidad variable, de aprehender tu rostro mañana, del aire nuevo y fresco pa´la casa, de preocuparme de que tenga la puerta abierta la alegría de mi casa, de este Aquiles travestido en Ptia esperando el brazo firme de Ulises, de los días que fueron, madrugadores, ausentes y timbrados, calcamonías de los cuadros de Hopper, de la incapacidad de señalar Polonia en un mapa después de escuchar a Wagner por más de tres horas. Del odio que vertí, del amor que no me pude arrancar...

A un metro de distancia

He estado en un lugar en el que las estadísticas dicen que sólo hay una posibilidad entre diez de hacer cima. Y una entre cinco de perder la vida. Sé que estuve...

...Yo he visto la luz allí. La he visto y por eso sigo vivo...

Sigue buscando...

Siguiendo luciérnagas rojas


... Ayer tarde el amor vino a la ciudad y me trajo un presente. Lo desenvolví sin esperanza, sin miedo... Como un sorbo corto de Franciskaner a mitad de vaso. Era el mapa de un tesoro, una carta esférica llena de grados, latitudes y meridianos. Aunque lo más curioso, fue que dicho plano sólo era visible bajo la luz de las luciérnagas rojas...

Inexorable, inapelable, inenarrable... Será

Anuncios por palabras

Para cuando tengas frío

Mirad que os envío como corderos en medio de lobos
Lc 10, 1-9


Hace ya algún tiempo robé este libro de una biblioteca. La humedad, el polvo y la soledad, como si se tratara una triada apocalíptica, lo estaban corroyendo dejándolo varado, olvidado… Y es que, las cosas hermosas de este mundo no tienen dueño...


Ahora te lo entrego, para ti, hazlo tuyo. Quizá sea él quien te ha buscado. Borges decía que no somos nosotros los que buscamos libros para leer, sino que en este mágico y a la vez misterioso universo del que formamos parte, son los libros los que nos buscan a nosotros para que podamos leernos.

No obstante… ¡Ten cuidado! Después de abrir un libro nadie queda impune, no quedará rastro en ti de inocencia. Los libros son peligrosos, no he leído ninguno durante más de tres páginas que no lo sea. ¿Por qué? Porque despertarán en ti la lucidez y eso te dará conocimiento pero te hará daño.

Todo está en la palabra; lúcido viene de Lucifer; el príncipe de los ángeles rebeldes, pero también se llama lucifer al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse.


Lúcido viene de lucifer, y lucifer viene de lux y de ferous que quiere decir ‘el que tiene luz, el que genera la luz necesaria que permite la visión interior’… El bien y el mal, todo junto.


La lucidez es dolor, y el único placer que uno puede conocer. Lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez... El silencio de la comprensión del mero estar... En esto se van los años... En esto se fue la bella alegría animal.


En los libros no hay respuestas. En los que son buenos, sólo preguntas… Pero sin duda alguna, son el mejor compañero de viaje. Llévalos contigo allá donde vayas, aunque sea a la vuelta de la esquina para comprar algo tan básico como el pan nuestro de cada día. Nunca se sabe… Y sobre todo ¡escóndelos! Que nadie, excepto los tuyos, sepa lo que estás leyendo, tus ojos y tu vida son cosa tuya.

Lo importante, no son las historias que encuentres en ellos, la mayoría te sucederán, aunque eso depende de ti. La diferencia está en los hombres, hombre iguales a ti que amando los mundos sutiles, intentaron descifrar lo insondable, lo invisible. Y sin dejar de buscar, le dieron forma. Tu también tienes que aprender porque debes darle forma.

Si abres bien los ojos con este libro, no te quedarás ahí. Éste te llevará a otro y ése otro a otro más… Nunca te dejarán, te lo aseguro.

Emborráchate y llámalo París

- ¿Sabes? Me contaron que la NASA (esto siempre da credibilidad a una anécdota) realizó un estudio que consistía en soltar a dos astronautas en medio del desierto.


- ¿Y qué?

- Pues que durante un tiempo de observación, los investigadores se percataron de que ambos astronautas andaban en círculos. De ahí lo que te escribía el otro día... Que todos necesitamos un maestro, porque seguir los propios pasos es la forma más fácil de acabar yendo en círculos.

- Si, algo de esto que me dices, ya lo he probado y oye, la verdad es que quedaron unos círculos preciosos, les hice una foto y los tengo enmarcados (el marco es importante) en una casa sin paredes.

- La historia es... Que son círculos, círculos al fin y al cabo. Y los círculos, como todo el mundo sabe son peligrosos. ¡Menos mal que llegó el helicóptero!

- También dicen; que el problema de los astronautas era que tenían una pierna más corta que otra. Lo que fue una suerte, porque cada cierto tiempo se encontraban inesperadamente, comentaban los radios y la forma de escapar de los centros. Como te he dicho, nunca se sabe...

- Es curioso, las hélices del helicóptero también dibujan círculos. Es lo mismo, y quizá por eso resulta paradójico; lo que nos puede salvar es lo mismo que nos condena.

- Igual es simplemente un problema de velocidad.

- Siempre hay dos opciones: Una; cálzate las botas de acero y arrasa el jardín, o bien, descálzate, porque como bien sabes, y tal vez sea la última, lo que estás pisando es terreno sagrado. ¿O te crees que el; clamo a ti desde lo oscuro, es algo histriónico?

- ¿Siempre la elección, eh? ¿Cómo se escapa de la libertad para elegir?

- No puedes huir siempre. Te mereces algo mejor. Si me olvido de ti, es que no merezco la pena.

- Bla,bla, bla, bla... Beheheheheheeh! Pareces la oveja perdida en medio del mar.

- En algún momento tendrás que elegir una cosa u otra. Y ten en cuenta que en el momento que te decidas, perderás algo. Siempre perdemos algo. No podemos tenerlo todo, así como tampoco nunca podemos comprenderlo todo y por lo tanto, nuestra elección no siempre será consciente. Por eso debes estar preparado. Si, el mundo es una mierda.

- ¡Bienvenido al club y mi enhorabuena por redescubrir el Mediterráneo! Es importante eso del celemín y la luz. El poeta Urbizu lo llama deletrear la luz.

- Ele... U... Zeta...

- Es la tercera mañana que no vomito. Y las tripas parece que han dejado de hacer guru-guru.

- Y... El infierno los otros. Cada día me gusta más pronunciar el nombre de Jean Paul.

- Sólo lo salva la risa y el amor, sino... ¿De qué? Porque hay que reírse cada vez más y sobre todo de uno mismo, que razones no nos faltan. ¡Qué poco nos reímos!

- Saca el pintalabios de bilis y actúa. Actúa por encima de todo.

- Eso está bien, claro. Pero lo que marca la diferencia está; no en llegar más alto, sino en subir. Hay que utilizar las palas de obreros y re-colectar todos esos errores, toda esa mierda, vómitos, guru- gurus y subir con la cordada. Pero para eso necesitas, otra vez -si- espacio, mucho espacio y tiempo. ¿Has oído la canción soy una mierda tendida al Sol?
- ¡Inapelable!

- ¿No era un corazón?

- No; no, era mierda. Es como la película: Cuando ruge la marabunta. La gente cree que eran hormigas, pero ni mucho menos. ¡Eran putas! Señores míos, ¡putas! Lo que pasa es que la censura y las gentes cortas de vista hicieron creer al resto lo de las hormigas. Que no te confundan. Gnosti te autvn.

- Y de ahí a secarla, porque claro, la mierda que se remueve constantemente no se seca y cuando intentas subir te hundes, obvio, y aunque estas calentito, no llegas muy alto y encima huele o hiede, como el pobre Lázaro. Las lágrimas, desde luego, no ayudan mucho a secar. Hay que juntarla día a día, día tras día. La parte proporcional de mierda, vómitos, guru-guru y dejarla al sol. Cuanta más mierda, más alto.

- Un día, todo es empezar a subir. Haciendo círculos, en línea recta o por la Magic Line. Resumiendo como Dios o el Diablo te den a entender.

Musical Sonsonete

Lo cruel de ésta, otra vez, cada mañana,
es no ensortijar el aliento al respirar;
revestir heraldos. Negra sábana.

Que al mudo espejo le de por desairar.

Lo que desayuna el piyama de casimir
es despeñarse, silbar, mojarse el cardias.
Si ayer la madrugá no nos quiso redimir
hoy lo trazará todo la sucia luz del mediodía.

Zurcir con cera de agujas (quebrar el augurio)
las péndolas dalinianas de las alas rotas.
Robar sonrisas, regalar música de notas.

Cristalizar de un guiño el ojo de mercurio
desandar la lluvia de pasos con cuentagotas
rezarle de rodillas al Dios de los cielos políglotas.

Treinta caretas para ser fiz




Tú que eres más cerelógica

Dice que va, por la trigésima vuelta al Sol... Y sin salir de la cápsula. Yo le creo, le sigo, y como esta mañana estaba dormido, y no me ha entendido, le felicito. Porque él es el primero, ahí lo tienen, un adelantao; dice que lleva la crisis de los treinta bastante bien, porque ya la pasó a los veinte. Va lanzado, abriendo brecha, pero a su ritmo. Los demás vamos detrás, claro, concretamente El Pekula y yo que cerraremos, por la cola, la entrada en esta nueva década. Pero no me refería a eso. ¡Calla! ¡Sdrull!


Probablemente todo sea por ese incisivo central que tiene partido, por la mirada astral, o quizá por ese uso desmedido de condicionales en desuso desde su exilio. También por esa barba infame que se deja para provocar, o por las extrañas jergas que se auto-pergeña para comunicarse con nosotros. Por ser el primero en darse cuenta en que se había quemado el bosque donde nos veíamos. Quizá, puede ser, por ser el mejor arquitecto de casas de perro del mundo. Porque sé que su palo aguanta mi vela. Por dar más de las vueltas necesarias al café con leche. Quizá porque siempre tiene una puerta abierta y te dice: Si sales afuera, ¡espera! Que yo me voy contigo. Por la colección de sus buenos sentimientos, por, sin, so, sobre y tras...

- ¡¡¡Aghhh!!! Pero ¿qué es ese todo?

- ¡Qué cosas tienes! Para eso hace falta muchos minutos, segundo a segundo, muchos cuartos de hora. Tiempo y espacio. Encuentros.

En una ocasión, día de los enamorados lo llaman, le preguntaron en una entrevista a pie de calle; ¡tú! ¿Qué harías por amor? Y él muy sucinto en lo suyo respondió: Un crucigrama.


Pálpitos

¿Cuándo descubriste que tu vida no iba a ser normal?

El Insólito anduvo un rato en silencio, ensimismado, como recorriendo un laberinto paralelo al que había acudido no pocas veces en busca de una respuesta.

Al cabo, volvió a andar junto a mí. No lo supe, no –dijo pausado-, no hice nada, simplemente fueron las circunstancias. Me llevaron a ello... No lo elegí...

Son los caminos -pensé-, caminos que se cruzan, que se entrelazan trenzándose entre si para formar el tapiz que no veremos hasta el final. Es como si cada acto aparentemente casual de las marionetas que fingimos no ser, fuera la puntada necesaria para agujerear un lienzo virgen, de aire.

La puntada necesaria para que se descubra la sangre, oculta tras el telón de carne, que no quiso ponerse el dedal. Caminos que fueron hechos antes que nosotros y a los que pertenecemos, pues de ése mismo barro fuimos creados. No elegimos los caminos, porque los caminos ya nos pertenecían.

¿Cuándo nos conoceremos?

El hijo del capitán & la puta ONG

Hoy es fiesta de guardar
para los devotos de las cholas
Ya los relojes no tienen prisa
y la risa es una llamada perdida.

Es el hijo de un viejo lobo de mar
bebiendo estelas de ron para sanar las heridas
En noches que ya ni recuerdo
resacas con silencios de caballero.

Si alguien te quiere hacer crecer
diles que es muy pronto y echa a correr
Por el túnel de lo que has vivido,
por los portales que me regalan tanto cariño,
por carreteras secundarias sin destino...


Se perdió en un tren expreso
ese grand prix soñando un te quiero;
un seis es toda mi vida
bien sabes lo que me cuesta esta sonrisa.

Que sepas que tengo fichas
para un viaje más en el tio-vivo
que es de noche, y si... De-lirio en mano...

Si alguien te quiere hacer crecer
diles que es muy pronto y echa a correr
Por los ojos que juraron que no has valido
por el cielo que tenemos prometido
por los mares donde se ahoga el olvido.

En pie de guerra


Hace mucho, mucho tiempo... En una sala amarilla, tras las bambalinas del salón de actos, a través de la niebla, se podía observar a dos hombres. Uno miraba al otro con una sonrisa inquieta, esperando una respuesta. El otro leía pausado...

Terreno sagrado




...La diferencia entre una vida y otra, es tan fina y frágil como un papel de fumar...




Canción para mi prima hermana

Ana guarda una caja
de sonrisas cada mañana,
Apaga de un solo guiño
todas las velas de su tarta.

Y pide un deseo, un ojalá
que yo espero que se le cumpla.
Ana copa de vino
campo de trigo por corona

Una canción y un cielo
lleno de mariposas
es todo lo que puedo
regalarte a estas horas.

Magia que hace música
de las leyes que a mi me cansan.
Saeta en la viuda de Juan Valdés
esperando a ser besada.

Ana sin Quique no es Ana
y por lo tanto es mi prima hermana,
Ana lluvia de abril
elixir de mi memoria.

Una canción y un cielo
lleno de mariposas
es todo lo que puedo
regalarte a estas horas.

Rebajas de enero, Tan joven y tan viejo...

Ayer tarde realicé una llamada que no tenía que haber hecho. Me volví contra mi mismo y subí a casa para recordarme que soy mucho más que (...). Le zurcí un traje a medida al coronel, me pagó con un silencio, dos miradas del nueve largo y un Jack Daniel´s doble con hielo. Todo forma parte de un plan Charlie...
Para el coronel.
De mi para ti, profesor de la experiencia
educador de mi indecencia
Regalarte quiero, una clave de sol sin nubes
de ésas que no se rompen. ¡Mueran nódulos! ¡Silencio!
¡Nueva voz! Qué bienmesabe el Cantar de tus Cantares.
Esa barba que hoy está imberbe
esas gafas círculo-cuadrangulares
¡Qué difícil! Hermano, es para mí esconderte.
Sufran las úlceras que tenemos prisa
partirme quiero contigo, el pan de mi-tu lenguaje.
Transfórmense en piedra los riñones
siempre nos quedará un brindis. La luna está pendiente.
Ocúltame los triunfos por soleares
deshazme por bulerías los pesares.
Arpégiame la palabra, sigue encendiéndome las miradas
colorea los números de tu cuenta, reinvéntate la primavera…
Qué Virgilio dejando huellas en el casco
¡Qué cinismo!, ¡Qué bilis!, ¡Qué verborrea!
Qué rajar sin contemplaciones
con tal de aliviar la pena.
Qué botas de Peter Pan enamorado.
Qué ¡Dios es negra! Qué Granada desgranada,
qué regaliz se me atraganta si pienso en Miguel. ¡Qué pasa!
Qué gris se quedó la blanca paloma sin alas
qué anómalo, gritó una jueza desdentada
Qué Insólito, ¡Javier!, qué pirata
Qué k2. Sin ti no hay cordada.
Qué espalda contra espalda
Qué guerra de Troya.
Qué Picasso vivió en Juan Cabrero
qué oxidiano se quedó el suelo que hollamos
Qué lejos quedan ya las dos torres
Que ángel, ¿no dije Isabel?,
¿Quién te lo iba a decir?..
¡Qué cielo te tenían preparado!
¿Eres tú? Ese crápula, ese santo,
ese periodista inarticulado.
con tu racatacata como misiva.
Ese coronel, esa esencia.
ese alguacil que ronda a las porteras
con las llaves de mi alma en la pechera
Un amigo, que no es buen vecino
un caballero de principios de siglo,
un pirata que roba al tiempo
Los segundos que son motivos
que son las ganas de estar vivo.

Páter


POR LOS BALCONES DEL ALMA HUMANA
BAILA DON GUILLERMO SU MILONGA AL SOL
CON LOS BOTONES QUE LE SOBRAN A SU SOTANA DE VOUITON
UN DÍA DESPUÉS DESDE QUE EL CIELO LO ENVIÓ.

LOS CRISTALES DE SUS GAFAS DE LENNON
DESAYUNAN UN CAFÉ SOLO SIN SAL
Y CUANDO AL TERMINAR LE FALTA UN DUCADOS QUE REZAR...
LAS PESTAÑAS SE LE ARRUGAN Y LAS NIÑAS DE SUS OJOS LLORAN

LÁGRIMAS DE PLÁSTICO AZUL RODANDO POR MIRAFLORES
PATIOS ANDALUCES AL SOL, MARES BRAVOS SIN OLEAJE.
GRANOS DE SILENCIO A ESCUCHAR, TELARAÑAS DE LA MEMORIA
DICCIONARIO DE LA VERDAD, PASOS QUE SE PIERDEN SOLOS EN LA GRAN CIUDAD.

LA ESTÉTICA DE ESTE, CABALLERO ANDANTE
SE PARTE CON QUIEN SEA LA ALEGRÍA.
PARA LAS MANZANAS DE EVA SÓLO EXISTEN CELOSÍAS
Y CUANDO SUEÑA, VUELVE A MADRID EN CERCANÍAS...

¡OH! EL COSTALERO DE LA PROCESIÓN DE ADENTRO
LA AGUJA DE LA BRÚJULA VITAL
SIEMPRE ME DIBUJA UN NORTE, CUANDO QUIERO DESPERTAR
CIRINEO DE SILENCIOS, SÓLO QUIERO LLEGAR HASTA EL CIELO.

LÁGRIMAS DE PLÁSTICO AZUL ROBANDO MIS CONFESIONES
PATIOS ANDALUCES AL SOL, MARES BRAVOS CON OLEAJE
GRANOS DE SILENCIO A ESCUCHAR, TELARAÑAS DE LA MEMORIA
DICCIONARIO DE LA VERDAD, PASOS QUE SE PIERDEN SOLOS...

LÁGRIMAS DE PLÁSTICO AZUL CON CUARENTA PRIMAVERAS
LO DIFÍCIL ES NO REÍR EN EL BARRIO DE LAS ESTRELLAS
GRANOS DE SILENCIO A ESCUCHAR, TELARAÑAS ADOCTRINADAS
DICCIONARIO DE LO REAL, UNA BOCA QUE GRITA POR NO CALLAR.


Nota: Tóquese con los acordes de la canción Lágrimas de plástico azul. Qué puedo decir, el autor hizo lo propio con Take a walk on the wilde side.

Oh! Capitán, mi Capitán Crótalo


Despedidas

Date: Sun, 1 Jul 2007 14:43:51 +0200

Subject: La pista de aterrizaje al más allá...
No quiero convertirme en estatua de sal, así que no voy a mirar demasiado lo que estoy dejando atrás. Porque ya he salido... Voy de vuelta, caminando sobre el puente de piedra con una mochila al hombro un poco más llena, si cabe. Cruzando el río, al otro lado...

Así es como me gustaba responder cuando me preguntaban dónde trabajaba. En una pista de aterrizaje al más allá. Ahora me voy, y los aviones seguirán despegando y aterrizando. Ya no estaré para verlos tomar altura en un viaje sin regreso, ni para escuchar esos reactores que en más de una ocasión me dieron calor y vida. Os juro que en ocasiones hubiera pagado por trabajar aquí. Parece que día a día; con su día a día... Nos interpelaban a coro para entregarnos su secreto. Como vosotros, nosotros éramos, como nosotros vosotros seréis...

En cuanto a los euroresistentes me quedo con las risas, los guiños y como no, también con los desencuentros. Todo vale, todo cabe, todo cuenta...

Sed buenas amigüitas.

Un beso por mejilla a cada una...

El Inspirado

Euroresistente de la Euroresistencia de Zaragoza,
caído en acto de servicio mientras respondía
a la llamada del "por venir".

Mejor tiempo en Le Mans

Huelga decir que ya estoy más y más; ¿qué más? Despierto,
el amanecer, caro... Amici, no necesita guionistas en paro
-Eppur si muove- dijeron las plañideras de Lázaro
el tic-tac no desface por si sólo, creo, este entuerto.

Se trata de perderle miedo al desamparo... ¿Qué credo?
injertar en los espejos una sonrisa de perro viejo,
capear el cierzo, de oro y grana, en mitad del ruedo.
¡Va de cuernos! Nadie intenta ya, salvar ese pellejo.

¿Cuándo lo acabarás? repetía con sordina Julio a Buonarroti
¿Hay vida? Ne me quite pas ¡Qué vivir más allá de las dos torres!
También las estatuas, en el puente de Carlos, mendigan caricias y soles.

¡Cuando lo acabe! El cante jondo, no gana festivales en la OTI.
Y muy vivida. ¡Niño! Quítame de ahí esas pajas. ¡Tragahombres!
Saldré de ésta, pierde cuidado, con dos orejas, mi rabo y un coro de oles!


POSTDATANDO: No está bien medido, pero rima de cojones.

Praha

La luz de la mañana

…Y sin embargo el terciopelo de las revoluciones no se había acallado todavía en la dermis, seguía aguijoneándome, si. Esto es porque sigo vivo, lo sé. Y me pregunto… ¿Qué es lo que hizo que comprara ese libro? Exploradores del abismo se llamaba antes de leerlo, según me contó Paula de Parma. Y me acordé de aquello... Si, cómo era… Cuando miras al abismo, es el abismo el que te mira a ti –dijo- el pensador que maltrató a Sofía a martillazos, tan buena que era ella, tan hacendosa en lo suyo, fíjate, como son las cosas!

De esta forma, afianzado ya en los coturnos que me cedieron decidí leer el libro en negativo, esto es, apagando la luz de mi mesilla de noche para leerlo a oscuras. Desde el abismo explorando a los exploradores, explorándome en negativo. Algún día escribiré
EL INSPIRADO de esta forma, para poder ofrecer a quien quiera, una radiografía de mi yo más mío, como lo hizo Madame Chauchat (en la declaración de amor más hermosa del mundo) con Hans Canstorp en La Montaña Mágica. Aunque para eso, es todavía pronto y queda mucho camino por recorrer.

Esto, de todas formas fue después de encontrar La Partida, que transcribí como buen amanuense inconsciente hace dos artículos, del original, perteneciente al bueno de Kafka. Si alguien pensó que era mío… Que se deje de mitos, no vienen bien a la larga.

El caso es que ahora reposan entre las páginas de un día de cólera a modo de separador, los billetes de ida de un próximo viaje a Praga con
El Hijo del Capitán (nada como la familia); Guillermo Urbizu desde su escritorio sufriendo la precisa fiebre que miden los termómetros me recomienda: Una letra femenina azul pálido, pero no me convence. Yo quiero el libro de Kisch y sé que no podré cerrar el hatillo sin él, así que... ¡Que alguien haga algo! Tafalla y su coliseo itinerante, que tenga cuidado con la Tundra, que sabe de lo que se habla. Victoria mi Milady particular, me dice en su pueril castellano que: busque en las más pequeñas calles. Enrique se enfada con razón, por no poder entonar el Trium Puerorum con nosotros, mientras contemplamos el único reloj que da la hora Babilónica. Malkowska, dice que aprenda a decir en checo: ¿Cuánto cuesta un bañador? Que nunca se sabe... Daniella lo tiene mal, porque no le van a dejar decir ni esta boca es mía, aunque quedan milagros.


El Capitán Crótalo dará la noticia, cuando llegue porque cree. Don Guillermo no me cogió el teléfono el otro día, pero viste de negro y sabe que hay un sitio para mi. Beatriz a quien confieso, ya sin celosías, me ve, y me regala paciencias. Lanzafame, siciliano de silencios, que me quedaré allí. Los Euroresistentes que euroresista. Mery, que es como un osito, que ya no me cree. El Insólito sigue su redención en mundo K , ya sin piedra en el maletero, pero no quiere play a song for me, aunque sabe que no tengo sueño. Será porque teme que en la mañana tintineante le siga. El Pekula me recuerda que; hay un abuelo gritando en silencio: ¡No tengáis miedo!

Silvya que toca la sierra en un grupo y que vio el miedo la otra noche, me llamó: hijoputa. El Coronel me habla de la vuelta y de un plont point que tenemos entre manos para salir del coma. Sobre todo Las flores azules, algo delafé, y también, aunque menos, facto(por lo quisquilloso con los monitores) me han regalado un juego de hormigas que trazan infinitos, en busca de la luz de la mañana, por el lienzo de mi espalda. And last but not least; La luz de la mañana, con la que juego al escondite, que vive fuera de los mapas y que es a la única a la que pienso escribir, porque es a la única que quiero, me dice que no es importante el allí, que lo nuevo está en mí. Y tiene razón, porque últimamente me aburro yendo a ver la mar, me canso en la montaña escalando cielos de roca. Y no sólo me aburre y me cansa, sino que me pone de muy mal Carmen.

Igual sería recomendable, como me decía anteanoche Unamuno mientras tomábamos la penúltima, que: en lugar de ir tanto para abajo y para arriba me reconcentre para irradiar. Hazte universo chaval, me dijo mientras me cogía por el hombro, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro! Y luego di: ¡Doy conmigo el universo entero!

Sé que las
primaveras en Praga son cortas, pero necesarias. Nada sobra, todo cabe, porque todo está cosido. Creedme...

Ritos iniciáticos de la patafísica

Estaba sentado en el banco entre las maderas alineadas que como vértebras, lo recogían y sostenían en la flexibilidad de juicio. Ellas eran los únicos testigos que afirmaban en silencio que se encontraba allí, aunque no era así, no.

La única verdad es que se encontraba embutido en el abrigo tres cuartos de lomo de tortuga azul, pintada por el doctor Picasso. Lucía bigote, mínimo sobre la línea de los labios, dos comas afiladas que dejaban espacio para el espacio, un sombrero quinceano tapándole dos dedos de frente y unas gafas sin ojos, inundadas por la niebla.

La estación era un continuo ir y venir de gentes o eso intuía por los pasos que se le acercaban y le huían. Y así comenzó a imaginar que se encontraba en el país de los viajeros, de los apátridas, en el que ninguno de sus habitantes reside, y no porque el gobierno no extienda permisos de residencia. ¡Qué más quisiera! Sino porque los viajeros sólo se detienen el tiempo justo para enlazar con el siguiente destino.

Resultaba gracioso se dijo, ellos poblando el mundo y su país está despoblado ya que todos están de paso, todos cruzándose a ritmo frenético.

Pero entonces... ¿Qué hacía él allí? ¿Tenía billete para algún destino? Los bolsillos de su abrigo le desmintieron a los pocos segundos esa posibilidad. Y con ella la de encontrarse en dicho país.

Ya despierto seguía acariciando, leyendo con las yemas de los dedos en un compás caótico ajeno a la realidad, cada uno de los oxidados clavos del banco, buscando quizá, una redención no consumada todavía, pero para la que aún había tiempo.

No direction home


Ordené traer mi caballo del establo. El criado no me entendió. Fui yo mismo al establo, ensillé el caballo y me monté en él. Oí una trompeta a lo lejos, pregunté al criado su significado. No sabía nada ni había oído nada. Me detuvo en el portón y pregruntó: "¿Adónde cabalgas, señor?" "No lo sé", dije, "fuera de aquí. Siempre fuera de aquí, sólo así podré llegar a mi meta." "¿Así que conoces tu meta?", preguntó. "Sí", respondí, "acabo de decirlo. Fuera de aquí, tal es mi meta."

La partida

Lo primero que quise fue...


Me escribe el Coronel desde Manhattan como le pedí:

Puede que exista algo construido por la mano del hombre, más abrumador que Manhattan, pero seguro que está por redescubrir. Nueva York es todo y nada.






Es lujo, provocación, miseria, individuos individualistas, personas con sus vidas, cientos, miles de vidas apelmazadas en el corazón que bombea sangre al resto de la humanidad deshumanizada.



Demasiado ruido... Demasiados hombres de traje gris, demasiado cielo cubierto...
Llueve en Manhattan y los sonidos de la ciudad se multiplican por mil.






Sobrevivir. Aquí no viven, aquí las personas sobreviven. De verdad....
Yo lo he visto.





Cnel. Frank Slade


Zumos con patatas

Ayer tarde el cierzo comenzaba a desperezarse y anunciaba despeinado, en cada esquina que doblaba, las promesas afiladas de un calendario en fiestas. Aún las parejas, parecían estar caminando solas, desatadas... En los edificios; ventanas, ventanas, si, pero sin ojos, en ocasiones sombras, pero embutidas en luz eléctrica.

Yo paseaba junto al coronel, que por alguna extraña razón, aunque cansado, no dejaba de tropezarse en sonrisas que lo estaban trasladando lejos del paso siamés que nos marcaba el viento. Entonces nos fijamos... Trataba de cruzar de lado a lado la calle.

La única verdad es que llevábamos un buen rato observándolo; estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, paradójicamente en la misma posición de la fotografía. Envuelto en los mismos silencios que preceden a una gran tormenta.


Poco a poco fue estirando sus piernas y con ellas el culo y su pequeño tronco. Las manos, negras por el intercambio diario con el empedrado, eran la quilla con la que compensaba la acción del viento sobre su cuerpo. Había llegado al borde mismo de la acera, mirando fijamente al otro lado de la calle, quería cruzar. Y quería o sólo podía, quien sabe, hacerlo de ese modo.

Un nuevo impulso, débil pero suficiente, lo transportó al carril derecho de la calzada. El conductor que frenó primero no daba crédito. Él siguió su camino. Nadie tocaba el claxon.

- Genial -dijo el coronel- Le envidio, cada año se reinventa. Algún día me gustaría ser como él.

- Qué más da cómo lo haga, pensé yo, quiere llegar al otro lado. A quién le importa la forma, todo vale, todo cuenta, todo es querer llegar al otro lado. Y arrastrase, es sólo una forma más.

Evidentemente no le ayudamos, no necesitaba ayuda, no creo que la hubiera aceptado. Más bien era él quien nos estaba asistiendo, con su mirada imperturbable, con su arrastrarse, con sus manos negras y su silencio.

Es cierto, le dije al coronel, es cuestión de reinventarlo. Sólo hay que saber que se quiere.

No era la primera vez que lo hacía, pero nunca nos habíamos fijado. Sólo al final, el conductor de una moto de gran cilindrada tocó el claxon y levantó una mano amenazadora...

Una niña me contó en cierta ocasión que nadie es un desconocido, a no ser que nadie sepa nada de uno. Miyagi o Lenin como acostumbramos a llamarlo, ya no es un desconocido para mi. Ayer me contó su historia...

... Si, consiguió llegar al otro lado.




Fulares, máscaras venecianas y madrugá

Calas

Marionetas, nudos infinitos y fibra óptica



Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios...

detrás de Dios la trama empieza?

J.L. Borges

Y si...

The Magic Line


¡Ahí vamos!

Vago sin norte...

Simplemente ajusté el anillo del zoom, accioné el flash y apreté el disparador.
Apenas se inmutó.
Sé que me sentí culpable por haber robado un instante que no era mío, para el que quizá no estaba preparado ni era digno.
Pero de alguna forma... Él, me estaba escribiendo... Quizá dando forma al norte que buscaba mientras volvía sobre mis pasos aquella noche.

Todavía no nos han visto


Hoy me encontré a un hombre que estaba siendo engullido por su paraguas. Intentaba arreglar alguna de sus varillas, al abrigo de la lluvia, pero en el mismo momento en que pasaba a su lado el paraguas ha quedado sin tener a quien guarecer... A quien cobijar... ¿Recuerdan?

Ya me lo anunció
El Insólito. "Qué bonito término". Cómo me gustaría terminar bien bonito...

...Fuera sigue lloviendo gota a gota. Gota tras gota. Gota y otra gota... Y nada se limpia, más que para ensuciarse de nuevo. Pero llueve, y eso es importante...

... No hay que perder de vista los detalles importantes...

... En cualquier momento podríamos ser engullidos...

... Llueve; y nosotros lo asumimos como algo temporal, nunca llueve eternamente, pero sigue lloviendo...

... Quizá también por esto dicen que es ciego, quizá por esto, lo aposté todo al lado de la locura...

... Yo, por mi parte, sólo digo que es hermoso porque es frágil....


... Tendrás noticias mías en breve, estoy a punto de llegar a la estación donde me espero desde hace años. ¡Noli me tangere!

... Todavía...


... Entonces... Te compensaré...

Gneis

Anoche tras de mi alguien cerró una puerta...

Se despidió con un beso y una mirada con zapatillas de ir por casa, vencida por el sueño.

Estaba a oscuras, guiado por la sombra de mi sombra; el Doppelgänger, el shrindi en que me estaba convirtiendo ya, hizo que consiguiera ser engullido por la ciudad. Arrastrado al vacío sin adjetivar de las gotas de lluvia impaciente...


Fue entonces, con la humedad del sirimiri, que no sé a que santo rezarle con tan poquita fe, que me viveron a la cabeza los versos que hago propios cuando al cielo le da por repicar: Me llamo barro, aunque inspirado me llame / barro es mi profesión y mi destino...

... Y si, volví a recorrer más de tres calles para comprar tabaco.

¿Y qué?

Soplaba viento del norte, una vez más, como anticipo.

Al fin el bar, con su neon y su calor hospitalario; dentro, un camarero que a modo de confesor exhortaba a una mujer desabrigada. Ella, sentada sobre el esqueleto de madera con la cabeza apoyada en el hombro, estaba embebida en el tintineo con el que hacía bailar a los hielos.

Agotado cambio, importe exacto. Me faltan cinco céntimos. Gentilmente el padre Barman; Quién fuera Chesterton para narrar lo que oí, me los lanza encima de la barra; recuerdo que alguien me comentó alguna vez que esa barra de madera era la más cara de toda la ciudad. Cae la dosis.Tengo la cabeza llena de datos absurdos y nada útiles, pero la tengo, de eso no me cabe ninguna duda.

Vuelvo al vacío, el
Doppelgänger, el shrindi vuelve a arrastrarme, a guiarme. Ya estoy en la avenida; curiosa palabra ave-nida, pero no veo ningún pájaro, probablemente ellos a mi si. Territorio comanche -pienso- Donde no ves a nadie, pero sabes que alguien te está observando. Extiendo el brazo después de apurar la penúltima calada y con mis dedos logro apagar la luz verde de un taxi.

A la almena de torrero, él mueve la cabeza afirmativamente y marchamos de allí dejando como único rastro el humo. Humo de su tubo de escape, humo de mi colilla en coma irreversible sobre la acera...


¿Eso es lo que dejamos?, ¿Eso es lo que queda después de todo?

Mientras conduce está leyendo, aunque más bien es al contrario. Tanto es así, que apenas presta atención a la vía. En la radio suena una canción que me traslada, si cierro los ojos, a Nueva Orleans, supongo que es rubia y hermosa, que tiene la piel bañada en sudor y el pelo enmarañado, como en aquella canción del pasado.

- Buen servicio!.. Silencio... Sigue leyendo y dejando los ojos en los quevedos, me regala un educado saludo.

Estoy quieto, tumbado, en casa... Hace un momento le he dicho a alguien que no me encuentro en mi vida, que no me gusta... Que...

Leo:

Newton reducía todo movimiento a tres leyes sensibles

A) Si no actúan fuerzas sobre un cuerpo, entonces este permanece en reposo o se mueve uniformemente en línea recta.

B) Su aceleración es proporcional a la fuerza que está actuando.

C) A cualquier acción corresponde siempre una reacción igual y opuesta.

Curioso, ahora entiendo algo más. Sé que nunca lo comprenderé todo. Pero me da paz...

....Sigo leyendo....

Paradoja del ebrio y la farola

Se trata de un borracho que está buscando algo a la luz de una farola. Entonces llega un policía que le pregunta qué está haciendo. EL borracho dice: Buscando las llaves agente. A lo que éste pregunta: ¿Las perdiste debajo de la farola? El borracho responde, muy serio: No agente, las perdí más allá, en la parte oscura. El policía mira hacia donde le señaló el hombre y, extrañado inquiere:Entonces, ¿por qué las buscas debajo de la farola? El borracho contesta: Porque aquí hay luz para ver.



Quien peinará el viento si el mar decide...

¿ QUIEN PEINARÁ EL VIENTO SI EL MAR DECIDE RECOGER SUS OLAS?

Quizá pueda reeducar mi mente

Probablemente, si el grifo hubiera quedado debidamente cerrado, Bastian habría seguido tumbado sobre la alfombra con los ojos cerrados. Pero el goteo no cesaba, una gota tras otra repicando sobre la pila de piedra, una melodía de notas previsibles, demasiado previsibles y ordenadas...

Quizá por eso no quiso tener otra opción que levantarse, y como marinero en tierra dejar tras de si la silueta del tedio asesinado. La huella de su propia resurrección.

Era curioso el acto de cerrar un grifo, algo parecido a voltear ese reloj de arena que ahora se dibujaba en dondequiera que se encontara su cabeza. Al final después de tanto tiempo, no resultó ser arena sino agua. Simplemente agua.

El silencio que proseguía era un anticipo, una promesa de que el tiempo volvería a contar, otra última oportunidad, hasta que volviera a caer otra gota...

Partes de guerra

...Hasta esas pequeñas cosas poseen un inmenso valor en el desierto, en el que si no estás acostumbrado a observar, crees que nunca pasa nada... Hasta que empiezas a cuestionar el verdadero valor de los cambios tal como los entendemos en nuestra cultura...

...Tras observarme durante uno de estos momentos de estática atención a lo imperceptible, un berebere me preguntó dónde había aprendido a escuchar el silencio. No le dije que yo ya conocía el desierto, porque ante él, allí, me sentía un extraño. Le expliqué que el mar era como el desierto y que yo era un chico de la costa y que por eso, también tenía algo de hombre del desierto pero que no había sido el mar quien me había enseñado ese arte...

...A mi lado se apostó un tipo corpulento imitando involuntariamente mi proceder. Era el autor. Me gustó esa situación. Un día tú harás lo mismo. Brinda porque sea así, y por que yo pueda estar allí...

...El frío y la noche cubrirían la tierra, y el alma del mundo se hundiría en las tinieblas, si los buenos dioses no nos enviaran de cuando en cuando, desde sus quietas moradas, a inxpirados diáfanamente adolescentes para rejuvenecer con su fertilidad la marchita vida de los hombres...

...Cuando este tiempo acabe, te invitaré a que vengas unos días. A perseguir en vespa rayos de sol atrapados en bellas calas y a conocer un par de ángeles; siempre viene bien conocer ángeles...

-Tienes amigos-. Afirmó el bereber, tras un reflexivo silencio.

-Muy buenos-. Maticé pensando en ese momento en cinco o seis sonrisas que llevo grabadas en el corazón.

...Un largo, larguísimo saludo desde las dunas.

El Insólito

A la recherche du temps perdu




















Llevaba una semana tras la pista y el caso parecía que no iba a tener, fuera el que fuera, ningún final. El trabajo era cuando menos extraño, si es que podía calificarse de ese modo.

La paloma había recalado en el séptimo piso del portal en el que ahora se encontraba, al abrigo de la nevada de hojas caducas que se desprendían de la hilera de árboles, que como obstáculos aparentemente estáticos, redecoraban la desierta calle peatonal.

Era un ático recogido al abrigo de una frondosa alambrada de cipreses de seto, del que emanaba un grueso haz de luz rojizo que parecía anunciar la erupción inminente del edificio. Era otra vez la misma casa, donde como en las últimas noches terminaban ruta la paloma y el. Ya no quedaba duda alguna y decidió actuar.

- Meeeeeck, meeeeeeeck... El dichoso timbre sonaba como una alarma resfriada, suerte que en la calle no había ni un alma y por lo menos no llamaría la atención de nadie.

- ¿Si? La voz era de una mujer joven, calculó; unos treinta y cinco más o menos. La única verdad es que no había elaborado ningún plan, en ocasiones improvisar era la mejor táctica, unos ojos bien abiertos y unos cuantos años de experiencia en el oficio le hacían mantener seguros los pies sobre el suelo.

- Hola buenas noches, soy Juan Luis Duplá, detective privado, ¿le importaría responderme a un par de preguntas? Sé que parece algo extraño, pero es mi trabajo y prometo no robarle mucho tiempo.

El silencio al otro lado del interfono, era comprensible, aunque todavía podía oír una especie de eco al otro lado; esto probaba dos cosas, una, que no había colgado y la otra era consecuencia de esta primera, aún había alguna posibilidad.

Es la verdad –pensaba alzado ahora sólo sobre un pie en el escalón del portal- abre puertas de par en par. Aunque si bien es cierto, a él en otras tantas ocasiones, las más, se las había cerrado a cal y canto. Sobre este particular tenía un buen repertorio… Pero el creía; y… Además nunca se sabía, la suerte podía cambiar en cualquier momento.

- No, no creo que me importe, suba.

Juan Luis se sonreía a sí mismo en el espejo del ascensor, después de pulsar el número cuatro... La cara de cualquier retrato… Eso era lo que veía, lo que después de tantos años había adquirido, tenía la cara de cualquier persona...

Continuará... Perdonen la ausencia...

Fdo: El Inspirado

Paris era una...

Por fin había conseguido la plaza como profesor adjunto en el departamento de antropología de la Universidad de Columbia, en su ciudad natal Nueva York. Después de tantos años de oscuro trabajo, parecía que por fin las cosas se iban arreglando. Al fin y al cabo el mundo no dejaba de ser un buen lugar donde vivir.

Susan estaba enamorada cuando descolgó el teléfono y aún lo estuvo más, después de terminar de hablar con Ralf y conocer la noticia. Iremos esta noche a cenar para celebrarlo, había dicho. He descubierto un sitio que te va a encantar, además, hoy todavía no se han terminado las sorpresas.

Terrace in the sky, sin duda era el restaurante adecuado para la ocasión. El cielo y la ciudad se habían iluminado en una conjunción de luz y colores para ellos, para que aquella noche fuera inolvidable. Pero Ralf no podía mirar otra cosa que no fuera Susan, y es que estaba realmente hermosa con ese vestido azul de escote cruzado. La veía feliz y por eso el también lo era ahora.

-No sólo hemos venido a celebrar esta noche que me hayan concedido la plaza de profesor adjunto, sino que con esa noticia, hemos venido aquí también por otra razón…

Susan no daba crédito a lo que le estaba sucediendo, Ralf había estado demasiado callado durante el trayecto, y ahora era un manojo de nervios. No, no se había preparado para eso todavía, pero llevaba meses esperando que llegara este momento.

-Y…Es que… La cogió de la mano y pronunció las palabras con las que Susan llevaba soñando tanto tiempo. Quiero que te cases conmigo, quiero que vivamos el resto de nuestros días juntos, porque ahora si que te puedo ofrecer un futuro, porque te quiero.

Ella no le había respondido, sólo por su sonrisa y su silencio, supo que iba a dejar que le hiciera todo lo feliz que se merecía.

-Además para seguir celebrándolo, he pensado que nos podemos ir de viaje, tú y yo solos. ¿Qué me dices? ¿Te atreves? Así los preparativos de la boda no nos agobiarán. De hecho, ya he comprado los billetes. Nos vamos la semana que viene a España, siguiendo la ruta de Papá Hemingway. Por cierto, anoche terminé el libro que me regalaste.

(…)

¡¡¡¡Pero qué pasa!!!! ¿Es que aquí nadie sabe una palabra de inglés? Susan no podía dejar de llorar y la cara del cirujano que tenía enfrente, no era exactamente un consuelo. “Paraplejia alta” Le confirmaron un rato más tarde, ya en su idioma. Susan se sentó en la butaca de la sala de espera de la UCI y dejó de llorar.
(...)

Ralf había subido para besarla después del encierro. ¿Ves como no pasaba nada? Ahora dicen que hay vaquillas, voy a bajar, dijo acelerado, mientras miraba al ruedo... Si, en la primera clase que me dejen, les hablaré de esto. Porque esto y sólo esto cariño, es la vida en estado puro.

La ciudad entera era una algarabía, toda ella era una gran... Fiesta.

Instrucciones para un lector desprevenido...

Inspirar, mientras nos acercamos a la estantería, el aire de que dispongamos. De una forma pausada, pero constante.

Colocar el libro que portamos en la bisectriz de nuestro ángulo más obtuso. Obviamente colocar no es lo mismo que introducir, pero esto queda ya a la libre disposición del sujeto.

Extraer con sumo cuidado utilizando los dedos corazón y pulgar de cada mano, los dos libros entre los que, ahora si, queremos introducir el libro. La extracción no será total, con extraer sólo medio cuerpo de cada ejemplar, será suficiente.

Tomar el libro que habíamos guardado e introducirlo entre los dos ejemplares que hemos extraído.

Por último empujaremos con las yemas de los dedos los tres ejemplares hasta el fondo, mientras expulsamos el aire contenido.
Esto último, claro, queda también a la libre disposición del sujeto.

Wake up dead man

Me despierto y sé que no voy a llegar, me encuentro presionando la boca de la pistola para que el despertador deje de increparme con su voz y sus disparos: Wake up!!!! Piiuung... Wake up!!!! Piunnng..... (dead man, añado yo medio dormido).

El despertador es un perro disfrazado de gangster que está en fase de aprendizaje, y para dar una sensación de credibilidad y dureza, apoya uno de sus pies en un barril que hace las veces de reloj. Las saetas marcan ya en silencio las ocho y diez.

Me tiro de la cama en un doble o nada y caigo de rodillas. Blasfemo y me arrastro hacia el baño. El reloj digital de la radio marca las siete cincuenta y cinco. Respiro aliviado.
Andrea Corr me susurra mientras me ducho rápidamente; When the stars go blue desde el retrete, me deprimo...

Ocho en punto. Aún queda tiempo, me repito. Limpito, abrillantado y dandome un poco de esplendor en la mirada, llego hasta la cocina en busca de cafeína. Ocho y veinticinco. ¡¡¡¡En qué quedamos maldita sea!!!!!, la requeteputísima madre que parió a los relojes.¿qué mierda de hora es?

Salgo a la calle y corro hacia el autobús, mientras tanto miro el reloj del móvil y veo que son las ocho y dos minutos. Y pienso que igual he ido tan rápido, que en base a la teoría de la relatividad, he dado marcha atrás en el tiempo, así que... Decidido, comienzo a acelerar el paso, de ser así, en base al amigo
Einstein, seguro que llego una hora antes al trabajo.

Mármoles Venecia, ocho-quince, Interflora menos veinte, Tuzsa ocho y veinticinco. Maldito autobús, por fin llega, subo y saco un billete, cuya impresión me revela que son las ocho : cuarenta y cinco. Me queda un cuarto de hora. Pero... ¿De qué hora? En el reloj digital que han ahorcado entre dos barras del autobús, además de decirme que voy en dirección a las delicias, lo cual me reconforta, me informa que son las ocho y media... Carajo!!!! ¿Cómo puede ser que en los dos segundos, cuarenta y seis centésimas que me ha costado recoger el billete se haya retrasado la hora en quince minutos? El reloj de la señora que tengo a mi izquierda, marca las nueve y cuarto. ¡¡¡Cojonudo!!!. ¿Cuál es la historia? le pregunto a la señora. Ésta huye escandalizada a la parte trasera del autobús. A éste paso igual llego pasado mañana a trabajar o me encierran en un calabozo.

Como si fuera a bordo de un transbordador espacial recorro las calles a la velocidad de la luz. Me ofusco y no aparto la vista del reloj que han ahorcado. Estoy convencido, los relojes tienen un alma oscura, y éste también está dispuesto a engañarme retrocediendo y avanzando sin orden alguno. Yo no le pierdo de vista.

Llego al trabajo. Por fin!!!! Curiosamente el reloj de la pared marca las nueve y un minuto. Bueno, -respiro aliviado- tampoco ha sido para tanto. En éstas estoy congratulándome cuando oigo a mi espalda la voz de mi jefa, que según intuyo viene acompañada de una sonrisa de cazador.

Hay que llegar a la hora, ¿eh?

¿A qué hora se refiere? Pregunto de verdad intrigado.

A las nueve, -responde indignada- a la hora que marcan todos los relojes. A las nueve, las nueve en punto. Cero, cero, ¿lo captas?

Entonces decido sentarme y dedicar los próximos cinco minutos,a escribir esta narración. Y quien quiera, que tome el reloj que tenga más cerca y que se ponga a contar.


Celeste Street Wharf

Aquella mañana, la ciudad entera se estaba desperezando. Pero ni siquiera el reloj, a medida que avanzaba, conseguía liberarla del compacto manto de niebla que la cubría. Ni rebuscando, apenas podía encontrar un resquicio por el que pudiera avistarse cualquier rastro de claridad.

El cielo seguía ahí, o eso suponía. Por eso estaba buscándolo a tientas.

Guadalupe estaba sobre la cama, como si la noche la hubiera dejado varada, encogida sobre si misma. Con los ojos abiertos escudriñaba los cristales, que a un tiempo le mostraban una porción de ciudad y el reflejo de él; que a su espalda, pensándola dormida, se vestía entre las
puertas del armario con un sigilo que ella sentía como caricias, una tras otra derramadas en ese silencio que le ocupaba.

Apenas hacía tres meses que se habían casado y la música no había dejado sonar, ellos seguían en la pista de
baile todavía abrazados. Eso lo sabía, sólo era cuestión de seguir bailando, de sacar día a día el conejo de la chistera y también como no, de darle de comer. Eran días de vino y rosas.


- No te vayas, dijo todavía vuelta hacia la ventana, hoy no, quédate conmigo. Vayamos a algún sitio, suplicaba mientras sentándose en la cama, a un tiempo se abrazaba las piernas con los brazos y apoyaba la cabeza en las rodillas. Quiero que me lleves en el descapotable, me gusta viajar montada en ese coche, con todo ese viento golpeándome en la cara y despeinándome.

Él, frente al espejo daba los últimos retoques al nudo winsor de su corbata azul, como si no hubiera oído lo que Guadalupe le contaba.

- Venga, dime algo, dijo Guadalupe, mientras cogía la americana y colocaba las charreteras. Puedes llamar y decir que estás enfermo, total por un día…

- No, no puede ser, dijo sin mirarla.

- Sólo por esta mañana. Por favor –susurró- . No quiero que salgas hoy, ¿no ves la niebla? No quiero que te pase nada, y… Tengo miedo…Si, tengo miedo porque te quiero…¿Eso es malo? No vayas por favor.

Después de ajustarse la americana, él se volvió y tomando la cara de Guadalupe en sus manos la miró despacio, con tanto detenimiento que parecía estar memorizando cada unos de sus rasgos y después, la besó del mismo modo.

- Con eso no me basta. ¡Quédate!, dijo elevando el tono de la voz, no vas a conseguir tranquilizarme con un beso y una mirada tierna, ya no soy una niña.

- Pues voy a volar, te guste o no; si me ordenan que vuele, volaré, es mi trabajo. Eso debías de haberlo pensado cuando subiste aquella tarde al altar y es lo que tenías que saber desde el que bajaste de el.

- ¿El qué?, ¿qué es lo que tengo que saber?

- Que no te has casado con una ursulina, que cuando te casaste, lo hiciste con un capitán de aviación y eso es lo que soy.

(…)

A las cinco horas sonó el teléfono y ella lo supo antes de descolgar. El avión se había estrellado en plena sierra, le confirmó una voz joven y educada al otro lado del auricular. Ya nunca más volvería a verlo.

(…)

- Nunca más lo vi, ésa fue la última mañana. Desapareció entre la niebla. Sólo hacía tres meses que nos habíamos casado y me quedé sola en el mundo.

- Bueno –suspiró- la pesada ya te ha molestado un buen rato, otro día te contaré más historias, que seguro que ahora tienes cosas mejores que hacer que estar escuchando a esta vieja.

Giró sobres la punta de sus pies con la ayuda de la muleta y se fue marchando poco a poco hasta el ascensor como una señora, mientras con la mano izquierda me decía adiós.


¿Qué queréis? Yo trabajo en un pista de aterrizaje al más allá. Éstos son mis desconocidos y sus historias.

Noctámbulos (Venor Noctu)

Al despertar el día encontrarás el rayo dudoso del amanecer, violando la virginal soledad del lecho vacío. Otro día más, decía el abuelo al despertarse y abrir las contraventanas oxidadas; despertarse, sentirse vivo sólo una vez más.

Más de lo mismo creían otros, pero él lo interpretaba dejándose caer por las horas del reloj de la habitación interpretando sobre el piano de cola que le habían regalado y que noche tras noche, de domingo a domingo sonaba en la alcoba.

Un sastre zurciendo notas, así se veía. Y afuera un día cualquiera con las calles como si el cielo se hubiera ocupado durante toda la noche en destejer las nubes.

Las mismas nubes de caramelo que vendían en la feria. Y es que ya habían llegado los gitanos y las escopetas de feria, anunciaban sin acertar en el blanco, el momento del éxito.

Pero su éxito o su fracaso se balanceaba en el amanecer que lo había despertado una vez más, después de las pocas horas que le quedaban de domingo, un piano era igual que una verbena nubes de algodón, éxito o el fracaso de las teclas negras sobre las blancas

Teclas negras… Negro, como el callejón en el que se había escondido durante varios años, ajeno a las miradas de la gente, con el único deseo de encontrar esa parte de él que un día arrojara, sin querer, a la basura.

Pero no valía la pena, por eso con un brusco movimiento arranco la partitura del atril y la arrojó por la ventana a un contenedor vacío, cubierto de nieve.

Deseo que vuelva a nevar -se decía-. Necesitaba vivir rápidamente todos aquellos momentos que lo habían hecho feliz. Ya sólo le quedaban los recuerdos, pensaba. Pero todavía desconocía su verdadero destino... El complicado entramado de situaciones nuevas que lo esperaban.

Teclas blancas…El blanco, si, quizá el blanco redima cada uno de mis pecados -pensaba- triste y volcado sobre el piano, totalmente desesperado.

Tres pisos más abajo una pareja con las manos entrecogidas esperaba entre tiritonas y miradas perdidas un autobús de regreso.

Regreso mañana. Lo había decidido. Volvería. Echaba de menos aquellos naranjos en flor y a las lavanderas en el pilón repasando sus ropas con el jabón de pieza que ellas mismas habían fabricado tiempo antes.

Pero instantes antes de que el autobús apareciera por la esquina, como un golpe de viento, ella pudo ver sobre el contenedor, arrugada entre una navaja oxidada y una torre eiffel, una partitura de música, cuyo titulo rezaba:

Hacía tiempo que no rezaba. Un día decidió que no lo haría más. Decidió que quería ser él mismo, el dueño de su destino y para ello construyó su sistema de valores particular. De eso hacía mucho tiempo, antes de... Tres hijos tuvo, y sólo le quedaban dos. Cada mañana tomaba un churro por cada uno de ellos. Era su manera de rezar por que todo les fuera bien.

“You do something to me”. Bien no era el título más hermoso, pero ella decidió que sería un buen regalo para el. Una forma de abrigarlo, una forma de decirle que lo quería. Mientras el pianista había salido a la terraza y contemplaba la escena como quien contempla por última vez aquella urbe que le había regalado algunas alegrías y más de un disgusto.

En el fondo aquello estaba dotado de una belleza incomprensible. Quizá era la nieve que lo mitificaba todo. Mañana compraría el billete de autobús para volver. Iba a hacerse cargo de sus campos, a plantar patatas y tomates. Iba a ser un corazón tendido al sol.

Luz reparadora, sobre su única camisa blanca que había colgado con pinzas de colores hacía tan solo unos segundos. Luego, ya de noche, la descolgaría a tientas y dedicaría un recuerdo a la pareja que había visto en la parada, a la pareja que abrazada, dejaba pasar un autobús de largo.

Lo llamaban en el pueblo Tomás-el-largo por su altura tan destacada. Era hijo de Nemesio el molinero y eso le permitió no pasar demasiadas estrecheces durante la posguerra. Se casó con Elisena Monterrey, hija del médico, y juntos tuvieron tres hijos: Tomás, Gabriel y Jesusa. Jesusa murió a los trece años de escarlatina. Recordaba aquella noche. Ella había cerrado los ojos después de contarle el cuento de las ideas y nunca más los volvió a abrir. Muchas noches se lo contaba a si mismo para tentar a la suerte; “Al principio, en el mundo, sólo existían las ideas…” Pero siempre encontraba el rayo dudoso del amanecer. Siempre se despertaba.

¿Por qué se había ido?-pensaba-. Ahora podía estar abrazado a ella como la pareja que tres pisos más abajo se había fundido hacía un rato. Cada vez que sonaba el teléfono, deseaba con los ojos cerrados y pensaba Es Carla, que sea ella. Tina la llamaba, como si fuera un Dios que la hubiera moldeado a base de barro. Pero el no estaba dotado para la catoptromancia.

Desde que murió su hija, Tina comenzó a enfermar de tristeza. Era fuerte físicamente pero el dolor le impedía seguir. Cada noche la veía cepillarse el pelo en el espejo y pensaba que si supiera catoptromancia podría regalarle una sonrisa, quizás devolverle la ilusión. Aquellas navidades, compró un molinillo de café para compartir sus tardes alrededor de una mesa.

Los espejos sólo le devolvían la imagen de un hombre vencido. Había escrito la partitura que había arrojado por la ventana para ella. Eso fue lo único que dejó sobre la mesa antes de irse. No había servido para nada. Su partitura no le devolvería a Carla, no volvería a tenerla en sus brazos, como tenía el joven de la parada a su amante. ¿Por qué escribir?

Tomás no sabía escribir, pero poseía esa sabiduría innata que da la vida a la personas que ven. La necesidad también había tenido algo que ver. Un verano, cuando todavía vivían en el pueblo, llegaron los gitanos con sus cabras, el organillo y las brujas de la bola de cristal. También un viejo arriero con un piano.

Enséñame a tocar-le pidió Tomás. Y pronto sus dedos rozaban el sonido más delicioso que había oído en su vida

Quería volver a entrar, tenía frío. Sólo un momento antes de cerrar las contraventanas, pudo ver entre las manos del joven su partitura, los siguió con curiosidad mientras se subían en el tercer autobús. Iba a sentarse de nuevo al piano, había visto la señal, una señal deliciosa, como una caricia.

Al final del verano los gitanos le regalaron un pianillo pequeño, bastante desafinado. Pasaba horas y horas delante de sus teclas, conociéndolas, rozándolas con los ojos cerrados. La música tenía algo de invidente. Cada vez que quería decirle algo por escrito a su mujer le componía una melodía. Las notas del pentagrama era el único código escrito que él conocía. Era su credo y su palabra.

Esta vez no habría necesitado introducir sus dedos en la llaga, ahora volvía a creer. Muchas veces había resucitado por señales así, la esperanza no era sólo una palabra, más bien, el creía que se trataba de un arcano encriptado que utilizaba el mundo. Un mundo que no se olvidaba de sus criaturas cuando se perdían. El había encontrado su faro, su estrella, en aquella pareja, en aquel abrazo.
La música lo había encontrado a él y se habían fundido como en una especie de abrazo eterno. Cada tarde Elisena hacía rosquillas de anís y calentaba café para toda la calle. Hablaban, hacían punto y pasaban las horas compartiéndolo todo, al son de la música del pianillo de Tomás. Poco a poco la pérdida de Jesusa se iba superando. Pero DE REPENTE…

Guio

...La platea se estaba quedando desierta tras los aplausos metálicos y emocionados del público. Se suponía que el espectáculo había concluido, pero el telón seguía alzado sobre el solitario armario abierto de par en par. Aunque de él, ya no salían ni entraban actores. Todo estaba en calma, tanto, que hasta el mismo silencio parecía estar buscando un ruido para no quedarse callado. Sólo quedaban encendidas, las pequeñas lucecitas de los palcos; y el teatro, parecía una pista de aterrizaje circular.

Me estaba marchando ya de la sala, sin comprender por qué el telón no había caido, cuando a mi espalda, dentro del solitario armario resplandeció una luz azul... Que a una velocidad de vértigo se introdujo en el bolsillo trasero de mi pantalón... Pero yo no me di cuenta, de esto me enteré mucho después.

Se llama Guio y es un duende de luz azul, hace un par de dias salió por la puerta abierta de mi armario, mientras estaba escribiendo y apagó el ordenador. Estuve la noche entera persiguiéndolo por toda la casa, hasta que al amanecer se dio por vencido...

Fue dias después cuando mi madrina me reconvino por enfadarme con él, me dijo que lo adoptara... Ahora Guio y yo nos hemos hecho amigos, vive instalado en mi armario y por las noches antes de dormir, me cuenta todo tipo de historias y cuentos...

...Pero eso, todavía, es demasiado pronto para contarlo aquí...

"En un armario,
qué bien están las cosas guardadas en un armario.
El orden, lo prohibido, lo puro y lo temerario.
Si abres la puerta,
no te extrañe que luego se quede abierta"

Ajuste de cuentas

Pasada ya la medianoche se refugiaban en el club, sentados sobre el esqueleto de las desgastadas turgencias del pasado. Dejaban las mesas libres - decían- para los enamorados sin cita previa.

Parecían náufragos escuchando el incesante reclamo del alma que se consumía en la cola de aquel piano de color. Fathala tocaba, y lo hacía como si fuera a morirse aquella misma noche con las botas puestas.

Lo que todavía no sabía el reportero de sucesos del diario El Chubut; era que dentro de un par de horas estaría siete pisos más arriba, escribiendo la crónica del asesinato de la diva que ahora le susurraba, también a el, la última canción del repertorio. Que el médico que tenía a su lado apurando a sorbos cortos un destornillador, iba a ser el forense que tocara por última vez el deseado cuerpo del delito.

No, eso llegaría luego, cuando recordara sobre las teclas cada una de las cicatrices en la cara de aquel tipo, que instalado al final de la barra encendía un cigarrillo con las brasas de otro, sin quitarle el ojo de encima a Cinthya
.

Doble o nada

De nuevo se encontraba en casa, lo sentía en la boca del estómago mientras hundía un poco más el pedal del acelerador en el centro de la curva. ¿Era aquel toro bruno de Osborne recortado en la noche, quién le hacía sentirse así?

Los párpados se estaban cerrando, demasiadas horas al volante, pensó. Así que después de salvarse a sí mismo la vida con los dos últimos volantazos, decidió que sería una buena idea parar a tomar un café en aquel bar de carretera, que aparecía como un oasis de neón al final de la recta.

-¿Qué va a ser? El bar olía a cerrado, apenas seis clientes, camioneros por las pintas, un par de mujeres de vida alegre y como no, un guardia civil que daba imagen de ser un divorciado sin su pareja

Café sólo, hizo una pausa, mientras miraba la foto de un joven Manolete en blanco y negro. Y añadió, ¡jefe! Mejor que sea doble.

Pensaba conducir toda la noche, por eso se había ido del trabajo, por eso había alquilado el coche, por eso ahora nadie sabía donde estaba. Llegaría hasta el mar, es lo único que tenía claro.

De nuevo en la carretera encendió la radio y pisó el pedal del acelerador hasta el fondo.

"...La joven asesinada, cantaba desde hacía seis meses..." Siempre las ciudades, pensó, algún día nos volveremos todos locos
.

Das Eiland Unbewohnt

... Y a veces resultaba en cierto modo placentero quedarse en silencio, observándola desde algún rincón de la casa ocupada en mil pequeños detalles, moviéndose de un lado a otro, con las contraventanas de madera entornadas inútilmente contra ese sol, que jugaba por entre las rendijas a iluminar sus pies descalzos...

...Quién lo habría dicho después de un año, quién podría imaginar que algún día iba a volver, quién después de aquella noche, habría apostado la más ínfima de sus esperanzas, a que ahora ella pudiera estar eclipsando al mar con las hormigas de colores de su vestido de verano...

Pero el hecho es que había subido a ese avión resfriada, mientras Europa a sus pies seguía siendo una alfombra de terciopelo gris...

Todo por unas palabras en una servilleta, por un semáforo en rojo poblando el amanecer, todo por llegar a esa isla desierta en la que le prometí que esperaría...

El truco de la barita en polvo

En los ojos verdes de Esther se persiguen dos peces cuando le da por sonreír; y como esto ocurre casi siempre, a uno, le entran ganas de quedarse pendiente sobre los aros de gitana resabiada que luce con tanto arte.

Sólo por ver si de ésa forma se iluminan un poco las mañanas, sólo por columpiarme en ellos y ver como mis pies, también pueden tocar ése cielo embaldosado...

...Quelqu´un m´a dit... Que desde hace unos cuantos años, desde que alguien decidió romper su varita mágica en dos mitades, ya no quiere saber nada de la magia, si no es para enseñarla...
Sus hijos que ya han aprendido mucho, le secan las lágrimas cada noche con el truco de la barita en polvo.

Por eso le da por sonreír, por eso cuando la veo siempre tiene dos peces persiguiéndose en la mirada. Para que se iluminen las mañanas, para que yo pueda columpiarme...

En la cuerda floja

Avanzaba con una serenidad envidiable porque era un auténtico maestro, con la vista fija en un punto invisible, parecía como si rozara a cada paso la minúscula superficie sobre la que, de una forma mágica e inexplicable para mi, se mantenía en pie.

Todavía me parece estar viéndolo. Cada tarde a la salida del colegio, mochila en mano, me dirigía hasta el descampado donde pasaba las horas intentando aprender todos los trucos y técnicas. Y aunque nunca reparó en mi presencia, yo sabía que él, se sabía observado por decenas de pupilas, y que arriesgaba tarde tras tarde su propia vida para asombrarlas. Después de dedicarle tanto tiempo, llegué a ser su alumno más aventajado.

Una tarde, cuando ya el circo se hubo marchado, subí al árbol y tras caminar por la delgada cuerda mirando a ése invisible punto, supe lo que sentía el malabarista cada vez que se deslizaba por la cuerda. Él era feliz allí arriba.

Caricias con la boca

Cuenta una antigua leyenda, que al término de la guerra contra los indehiscentes, hallábanse bien asentadas las tropas de los aquenios sobre la isla cónica de Eterio. Una serena alegría reinaba entres la soldadesca, a excepción de algunas miradas kilométricas, que se desdibujaban en la búsqueda sin encuentro, de algún camarada caído en la batalla.

Bien guarecido se creía el ejército aquenio, congratulándose en la victoria, pensando que una vez conquistada la isla, nadie osaría hollar aquella tierra, ahroa rojiza.

Pero triste final se espera al pueblo que se entretiene en éstos pensamientos. Y de esta forma sucedió, que dos horas después de amanecer, el ejército de la vieja dentición, sesgó por medio a la isla de Eterio, y con ella a todo el pueblo aquenio.

Pompas de jabón

Era asilvestrada y estaba sola, sentada como una flor de loto sobre un banco de madera mojada, tenía la cara escondida entre lo enmarañado del pelo.

Vestía una añosa cazadora de pana y unos vaqueros de a diario raídos por las botas de Peter Pan que la habían llevado paso a paso, hasta el punto mismo donde la estaba observando.

Yo estaba en una de las dos aceras, buscando una trazada ideal por la que escaparme de otras trazadas también perfectas. Midiendo los pasos que debía dar sobre el paso de cebra que había dibujado el sol sobre el asfalto vallado.

Y crucé… Sí, me acerqué con sigilo hasta una distancia prudencial, pero ya todo estaba perdido, no pude dejar de quedarme parado, contemplándola.

Levantó la cabeza y la melena ya desenmarañada, dejó al descubierto una hermosa cara y una cicatriz que le perfilaba el labio superior hasta una pecosa y divertida nariz. Llevaba una pequeña navaja en una mano y en la otra, como si no hubiera comunicación entre ambas, una gran pastilla de jabón azul, que empezaba a tener cuando menos, una forma curiosa.

Volvió a su labor y yo no pude hacer otra cosa que acercarme hasta cubrirla con mi sombra.

- Me estás quitando la luz y así no podré terminar nunca –dijo- tomando tan sólo el aire preciso para pronunciar la frase.

Me aparté y la iluminó la luz, era hermosa, de eso no cabía ninguna duda. No sé ni cuánto tiempo estuve de pie mirándola como trabajaba el jabón, pero debió de ser el suficiente, porque al cabo se apartó el pelo detrás de la oreja con una delicadeza que nunca había visto y me miró de nuevo desde muy lejos, como si me conociera de antes.

- Toma, es para ti, es todo lo que puedo darte, porque quizá sea lo único que quieres después de estar tanto rato mirándome. Y depositó en el cuenco que hice con mis manos, una margarita de jabón azul.

Después la vi marcharse calle abajo con las manos en los bolsillos, desprendida de todo mientras silbaba una tonadilla.

La margarita jabón azul estará en mi maleta, al cobijo del latón contra la lluvia, con otras tantas cosas que guardo, como uno de los mayores tesoros, que jamás me fueron concedidos.

Vuelvo a no estar parado...

Aunque no entiendo bien que los...

…No es casual que ahora esté escribiendo con el doble filo de un cuchillo entre los dientes, ni es casual este repicar incesante de las teclas contra mis dedos, no, no es casual que los peces lloren hacia arriba bajo el agua… Ni que esté descalzo sobre una alfombra de terciopelo rojo…No es casual el color burdeos de las aspas que cicatrizan en el mapa de la pared.... No es casual que mi cama me cuente que estoy triste cuando la dejo sin hacer. Insisto, no es casual que hace dos hojas de calendario, haya tendido al sol mi corazón con pinzas de colores. No es casual que me perdone cada día, no es casual escribir sobre el ruido, ni es casual descumplir ramilletes promesas. No es casual ser lo único que tengo, como tampoco lo es, ser regalado a cada hora para el cumpleaños de un reloj. No, creo… Que no es casual trabajar de sol a sol en una pista de aterrizaje al más allá, ni que lo eterno y lo breve elijan el azul, ni que ésa sea la luz con la que por arte de magia se ha inundado la pecera de mi habitación. Supongo que no es casual esta forma gatuna de lavarse la cara cada mañana. No es casual el anillo que me regalé. No es casual querer gastar estos dos últimos centavos de lluvia en un penúltimo café. No es casual ser echado de menos, ni que recoja suspiros de última hora con los brazos en cruz, no es casual querer capturar la luz, ni saber que no estaremos más aquí, ni que esté perdido en la traducción. No es casual que guarde las olas del mar en una maleta de latón. No es casual que la vida no sepa qué hacer conmigo, no es casual que no haya perdido la esperanza, no es casual que los semáforos en rojo pueblen el amanecer, no es casual ir a contra lluvia, tocar a contra luz… No, no es casual pretender escribir un libro para leer a oscuras, no es casual llamarse barro, no es casual que quiera despertar la casualidad, no es casual rozar las palabras, ni beber veneno a sorbos cortos, no es casual que ahora esté despierto, que todavía no consiga dormir. No es casual que decidiera cortar la cuerda de mi escopeta de corcho, no fue casual, desde luego, el segundo que se añadió al tic-tac del año que ya pasó. No es casual haberme encontrado en unas pupilas de cera derretida… No, no es casual el miedo, ni es casual que quiera perderme en un campo de luciérnagas rojas, no me parece casual que juegue partidas imposibles de ajedrez desde la almena de una torre en mitad del mar, no son casuales los silencios de las puntadas suspensivas... Con las que estoy trenzando un quizá… No es casual que ahora, mientras tú lees estas palabras, mientras yo las escribo, los dos momentos de un mismo tiempo... Haya un índice acariciando el gatillo de una pestaña, empeñado en disparar una mirada, que desde luego, no será casual.

¿Sabes? Ahora en este preciso instante un niño desgarra con un grito al mundo porque acaba de nacer, alguien en algún lugar está siendo condenado a diez años de prisión. Alguien está encogido en una cama, alguien derramando lágrimas en un asfalto alérgico a la sal. Alguien ha exhalado su último suspiro en una habitación a oscuras, si, alguien ha dispuesto firmemente cambiar de vida en este preciso instante. Alguien entona una canción, alguien ha recibido una carta, alguien está lanzando unas redes a una mar embravecida, alguien está siendo besado por primera vez, alguien ha comprado un billete de ida, para un viaje del que ya no regresará, alguien está abrazándose a otro alguien en un portal... Alguien...Y yo que a todos amo y que con todos quisiera estar, he decidido que no es casual que decida terminar así


Sirio, el farolero

Todas las estrellas que estáis viendo... Son reales.

Apenas había pasado una hora desde que habían abandonado la torre del pino dejando atrás la tienda del señor Pratt. Se había quedado en silencio, viéndolos marchar por entre las volutas de humo que trepaban por el aire desde su pipa. No se había despedido, pero de alguna forma en ese crujir de madera acompasado proveniente de la mecedora, les estaba diciendo adiós.

Únicamente habían ido a comprar unas galletas, aunque los tres lo sabían, nadie se marchaba sólo con aquello que había ido a comprar a la tienda del señor Pratt. Siempre pedía favores; tenía encargos, cartas que enviar, artículos extraños que quería adquirir, el caso es que por alguna extraña razón, uno siempre acababa metido en las historias más rocambolescas por su causa. A cambio Pratt, hacía las mejores galletas que jamás han existido ni existirán; y a los niños que se acercaban por su tienda, muchas veces nos las canjeaba por pequeños favores. Y en esta ocasión no tenía por qué ser distinto. Como quedó confirmado cuando resonó la voz del viejo Pratt, al otro lado del mostrador.

- ¿Me podríais hacer un favor? –dijo- mientras por encima de sus orbiculares gafas, enarcaba ésas cejas blancas y pobladas que parecían dos glaciares.

Los tres jóvenes se miraron un segundo sonriéndose, después le respondieron ansiosos por conocer algún detalle del encargo que les iba a encomendar. - Si, lo que usted quiera. Díganos…

A medida que se iban acercando a la casa, los azules que poblaban el cielo, como si alguien estuviera retocándolo a pinceladas, se iban trocando en tonos burdeos. Soplaba una suave brisa procedente del norte que además de hacerlos caminar más juntos, hizo que a los pocos minutos, en la bolsa de galletas sólo quedaran unas cuantas migajas.

La casa a la que les había enviado el viejo Pratt, estaba en el otro extremo de la ciudad, lejos de donde ellos vivían, pero tampoco tenían nada más interesante que hacer aquella tarde y la curiosidad encaramada a su juventud, como un gato panza arriba se encargó de hacer el resto. A fin de cuentas, no habían ido a la tienda del señor Pratt sólo a comprar galletas.

Las órdenes habían sido claras, debían depositar bajo el felpudo de cierta casa, la carta que les había entregado, y después marcharse por el mismo sitio por el que hubieran llegado.

Ya había anochecido cuando se encontraron frente a la puerta y les llamó la atención la ventana que había casi al lado, una ventana dividida en seis cuadrados de cristal, por el que se podía intuir la figura de un hombre que con nervio frenético se movía de un lado a otro de la habitación. El hombre llevaba una especie de quinqué adosado a su cabeza por una cinta y lo más curioso, es que a no ser por ésa luz, no habrían podido ver nada, porque la habitación estaba completamente a oscuras, a oscuras y vacía. Los tres amigos no comprendían nada, y una vez más miraron el sobre en cuyo anverso estaba escrita la palabra; Sedna.

- ¡¡¡Qué hacéis ahí fuera!!! Rugió una voz desde el interior de la casa. ¿Me estáis espiando, malditos mocosos?

- No señor, sólo veníamos a entregarle esta carta que nos ha dado el señor Pratt para usted, pero ya nos íbamos. Sentimos haberlo molestado.

- ¿Queréis cambiar? Preguntó una vez sosegada ya, la ira del principio.

- ¿Caaaambiaaaar? Respondieron a la vez los tres. ¿Cambiar el qué?

- Cambiar vuestras vidas, ¿queréis contemplar una cosa que hará diferente a partir de ahora, el resto de vuestras insignificantes vidas? ¿Queréis sumergiros en el universo y ver lo que ningún ojo humano vio nunca jamás?

Los tres amigos estaban sorprendidos, con las bocas abiertas nos sabían que responder a aquél hombre del que nada sabían y mucho menos, qué era aquello que les iba a mostrar.

-Yo soy Sirio, el farolero, yo enciendo y apago las luces, perdonad que no me haya presentado antes, pero no sabía que veníais de parte del viejo Pratt. Sed bienvenidos, ésta es vuestra casa… Pasad, pero por favor, antes de entrar tapaos los ojos con las palmas de las manos, y bajo ningún concepto, pase lo que pase, deberéis abrirlos, ¿entendido? No tengáis miedo, confiad en mí. Yo os guiaré.

Se intuía una casa amplia, grande, las manos de Sirio los guiaban por ella y ellas eran su única referencia. Hasta que en un momento dado el tacto de éstas desapareció. Habían subido por una especie de escalera muy estrecha.

-Y ahora acercad los pies a la balaustrada y nos os mováis, pero seguid con los con los ojos cerrados y relajaos, sólo tardaré unos segundos. Y una vez más, recordad no hay nada que temer, no os va a pasar nada, después de esto, os lo aseguro, seréis diferentes.

No despegaron las palmas pero si que abrieron los ojos, de forma que lo único que vieron eran una luz como no habían visto nunca antes, una luz Blanca que intentaba abrirse camino por entre sus manos, una luz que golpeaba tras las tres delgadas líneas rojas de los dedos, que en vano intentaban contenerla, una luz que estaba haciendo las yemas de sus dedos transparentes.


No aguantarían mucho tiempo así, tenían miedo, sudor en las palmas de las manos, pero habían dado su palabra, se habían comprometido a no despegar las manos y no lo harían. Y de pronto, el ruido de la luz cesó y la voz de Sirio, desde una distancia que calcularon imposible, volvió a escucharse.

- Todas las estrellas que estáis viendo… Son reales. Y esto, amigos míos, es el universo, como nunca antes ojo alguno lo ha contemplado.

Todo estaba oscuro, muy oscuro, tanto que no podían ni verse. Toda la habitación, si es que seguían en ésa habitación, estaba poblada de estrellas, el techo al igual que las paredes y el suelo, si es que ahora existían, eran oscuridad tachonada de luz.

La voz de Sirio era un susurro, parecía como si estuviera caminando entre las estrellas, explicándoles los trazos de geometría imposible que había utilizado para construir el universo, mostrándoles las líneas fronterizas imaginarias, que marcaban los puntos de luz entre las constelaciones. Su voz les envolvía, recorriendo todo aquello que estaban contemplando, hasta que al final, la sintieron muy cerca, a su lado.

-Ahora, abrid bien los ojos, -dijo, en tono muy quedo- porque vosotros me habéis traído en esa carta, el último punto de luz conocido de este universo, así que de alguna forma, también vosotros sois causa de que exista, merecéis por tanto estar presentes.

Sólo era un punto de luz viajando entre otras estrellas, un punto de luz que se alejaba poco a poco de nosotros para encontrar su sitio en esa oscuridad. Una luz que nosotros aquella noche, habíamos contribuido a crear.

Don Juan (R4-0299)

Se me ha ido Juan “el cartuchos”. Y que quieren, le debía una entrada, una cuenta pendiente que yo contraje conmigo mismo después de enterarme, al cabo de unos cuantos días, de la triste noticia. No tuve la oportunidad de despedirme como digo, y luego más tarde cuando se presentó la ocasión de ir al funeral, no reuní el suficiente valor, el cuajo necesario para despedirme de él y de esta forma honrar su memoria. Ésta sin duda, es la mejor forma que conozco para desquitarme.

Los últimos días me ha parecido verlo de nuevo, tomando como base teorías que uno se pergeña, argumenta y cree de que no morimos del todo. Como ahora, que según nos dicen los medios de comunicación uno no la diña, no, ahora simple y llanamente, desaparecemos.

Pero el caso es que sí, que creí verlo el otro día mientras tomaba un cafecito con El Instilado en la plaza del Pilar. Espantando palomas con Patricia, su nieta, al mismo tiempo que les lanzaban cohetes de alpiste a manos llenas. Era su misma gorra negra calada como él la llevaba, con la que de forma premeditada se cubría y descubría, dependiendo de con quien se cruzara. Sí, su misma mirada; con esos ojos pequeños, resabiados y generosos que se intuían bajo sus clásicas ray-ban de pasta negra. Hasta la misma sonrisa jovial con la que siempre me obsequiaba, parecía la suya. Pero no, no era “el cartuchos”.

Desde que trabamos amistad siempre pensé que, si por carambolas del destino me tocaba llegar a viejo, me gustaría envejecer como lo estaba haciendo él; con dignidad, un par de huevos y una sonrisa.

Lo de cartuchos le venía de lejos, aunque yo me enteré pocos meses antes de su muerte. Era una tarde más en la que de nuevo, había vuelto a quedar con sus amigos de toda la vida para irse –como decía él- al carajillo, que siempre es mejor que irse al carajo, apuntaba con tono guasón. Los amigos se retrasaban un poco, así que decidió acodarse en conversación conmigo. Y ahí estuvimos hablando de aquello y de esto, hasta que se quedó callado de pronto, en un perfecto silencio profesional, mirando fijamente al hombre que acababa de cruzar la puerta.

-¡¡¡Hojalatas!!! Me cago en la leche, ¿te acuerdas de mí?

-Pues… El otro asombrado, intentaba hacer memoria de quién era aquel que le saludaba de esa forma. Hacía muchos, demasiado años que nadie le llamaba así, hasta que al final cayó. ¡Hombre coño, cartuchos! Ven aquí y dame un abrazo, ¡la madre que te parió!

Yo, el tercero en discordia, lo juro, me quedé en blanco, sin poder llegar a comprender lo que estaba ocurriendo delante de mí. Estudiando cómo se miraban después del abrazo, teniéndose el uno en los brazos del otro, escrutándose los rostros, como si éste fuera el verdadero mapa de la vida que gastamos.

Estuvieron así largo rato. Y más tarde recuerdo que “el hojalatas”, le preguntó por su mujer al cartuchos. ¿Qué y dónde tienes a la mujer?

- Se murió –respondió el otro, con total seriedad- ya sabes cómo son las mujeres, no tenía nada que hacer y una tarde decidió morirse. Las carcajadas restallaron en un momento al unísono.

“El hojalatas” ya se había marchado cuando Don Juan me respondía a la pregunta que le había formulado.

- Éste es “el hojalatas”, la última vez que lo vi... Fue en el frente, en la batalla del Ebro, hace lo menos…

¡Sesenta y ocho años! ¿No? Me adelante a responder estupefacto.

- Si algo así debe ser –dijo mientras miraba al suelo-. Él se encontraba destinado en la unidad de acorazados y arreglaba de todo, ¡qué manos tenía! Lo vi una vez remodelar un tractor y convertirlo en una especie de carro de combate. De ahí lo de “hojalatas”…

¿Y lo de cartuchos? ¿De dónde viene? Pregunté acto seguido, ansioso de conocer la historia.

Pero justo en ese momento llegaron sus amigos, y Don Juan, dedicándome un pausado guiño y media sonrisa de viejo zorro, giró sobre si mismo y se marchó cogido del brazo por uno de sus amigos, a tomar religiosamente su particular carajillo.

Nunca me lo contó, ésa es la única verdad. Aunque muchas veces he imaginado historias sobre dicho bautizo. Pero esto se lo dejo a Sherezade, que se dedica a estas lides, y puede inventar alguna que otra historia, mucho mejores de las que yo pueda llegar a escribir.

A veces nos encontrábamos, y nos retábamos en duelo de resistencia memorística con el Tenorio.

¡Ah! Por doquiera que fui, -decía- sin terciar un saludo mientras se acercaba.

La razón atropellé / la virtud escarnecí / y a la justicia burlé / Yo que… emponzoñé cuanto vi… Replicaba yo, orgulloso, sabiendo con quien me las tenía, y cediéndole el testigo.

¡¡¡Yo!!! – decía- increpando al cielo con su puño cerrado. Que…
a las cabañas bajé / y a los palacios subí, / y los claustros escalé / y pues tal mi vida fue…

Le echo de menos muchas mañanas, ya nadie se para a recitar el Tenorio conmigo, ya nadie me llama chaval de ésa forma, a la que me había empezado a acostumbrar. Cada día está más cerca el porvenir y tengo miedo de no ser ni la mitad de bueno, que muchos de los hombres con los que me estoy tropezando últimamente…

…Si, Don Juan, si que hay perdón para vuaced.

El Insólito

Apenas lo he dejado hace un par de horas. Decía que tenía que marcharse a casa para empezar con la letra “b”.

Esta mañana lo encontré en la habitación de al lado, mientras me dirigía al baño, a las ocho de la mañana, embebido en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Yo acababa de levantarme después de una noche de tango con los miembros de la comunidad, él incluido, además del Coronel, Eloísa, y Quintilis. Y no estaba precisamente, para escuchar la explicación de lo que tenía delante.

Estaba en la cama leyendo totalmente absorto el diccionario. No había duda, estaba en la letra a

- Acogedor: Hospitalario, agradable, favorecer, qué bonito éste termino, ¿no te parece, Inspirado? Guarecer, cobijar... Siguió diciéndome sinónimos hasta que encontró otra palabra y siguió leyendo en silencio.

- Si, si... Recuerdo que le dije sin mucha convicción. Lo miré una vez más abstraido y volví a la cama.

Por la tarde nos volvimos a reunir los miembros de la comunidad, bajo el reclamo incesante del cu-cú del sol. Conforme ha ido pasando el tiempo se han ido añadiendo algunos miembros más, por el ya asentado método de la mesa de los científicos.
No me detengo a explicarlo, cuando seáis convocados, veréis la luz.

El caso es que El Insólito. Nos ha ilustrado de una forma muy gráfica, sobre cuáles son las bases; los requisitos necesarios para considerar un encuentro. Según nos ha informado, en un encuentro, para reconocerlo como tal, deben estar presentes tres elementos irreemplazables.

El primero habrá de ser la ALEGRÍA; no se considerará un verdadero encuentro si entre los miembros de la comunidad no se respira y comparte, un espíritu de hilaridad, de regocijo.

El segundo debe ser la PAZ; no se considerará un auténtico encuentro si cualquiera de los miembros de la comunidad, no inspira sosiego a sus iguales.

Y el tercer y último requerimiento es la UNIÓN; no se considerará un encuentro real, si cualquiera de los miembros de la comunidad, no está fusionado en su integridad con el miembro que tenga a su lado.

Una vez establecidas las bases. El Insólito, ha tomado la palabra del silencio que se había creado, entorno a nuestro encuentro, y ha comenzado a hablar.

Soy muy crítico –decía- hacia aquellos que desconociendo las fuentes de nuestra cultura, la rechazan, bebiendo apasionadamente de otras tradiciones. Pero para alguien curtido, como es nuestro caso, en el conocimiento y de elevado pensamiento, ninguna riqueza causa desperdicio.

Y así de esta forma con su apasionado acento mediterráneo, queriendo huir de la tradición helenística y del maniqueísmo instaurado en nuestra cultura, que con preclara facilidad tiende a trazar líneas de diferenciación entre lo bueno y lo malo, nos ha relatado el cuento de los cinco generales.

Cuentan que hace muchos, muchos años... Habitó en China un Emperador que en los últimos años de su vida, fruto de la locura que le sobrevino, promulgó una serie de edictos en los que obligaba a su ejército, representado en cinco generales, a cometer sanguinarios asesinatos contra los habitantes de la población.

Reuniéronse los cinco generales dispuestos a tomar las decisiones pertinentes, para no llevar a cabo aquellos edictos. Terminado el encuentro, ocurrió lo siguiente:

El general Sung, revestido del coraje y la bravura por la que era conocido, resolvió matar al emperador y así acabar de raíz con el problema.

Pero el Emperador se encontraba fuertemente custodiado por la guardia pretoriana, que sin dudarlo un instante, al conocer las intenciones del general, acabó con éste.

El general Hsiao Ch´u; gran estratega, en quien el Emperador depositaba por entero su confianza para los tiempos de guerra. Articuló una revolución ideada desde su origen, con el único fin de derrocar dicho gobierno, e instaurar en su lugar, una nueva forma de regencia.

Pero la revolución fue sofocada y el general Hsiao Ch´u desterrado para el resto de sus días.

El general Ch´ien decidió hablar con el Emperador, para de ésta forma mediante el diálogo y la argumentación, hacerlo desistir en sus locos desvaríos. Negándose a cumplir los edictos y rogándole que le despojara de su rango, ya que era incapaz de cumplir aquellas órdenes.

Pero el Emperador apenas conservaba un ápice de razón en su cerebro y fue vano el intento. Tan ofendido se mostró el Emperador, que mandó encerrar al general, en el calabozo más profundo de la prisión imperial. Dedicando éste, el resto de sus días, a la escritura de un libro. Libro, que de alguna extraña manera ha llegado hasta nuestros días, y por el que podemos conocer dicha historia.

El cuarto general, el general Tun, de avanzada edad, siguiendo los consejos prácticos que le mostraba su amplia experiencia, resolvió desaparecer, quedarse oculto por unos años, hasta que el viejo Emperador muriese. Pues eran muchos sus bienes y temía perderlos por cualquier causa. Así obró el cuarto general.

, el último de los cinco generales, viendo lo ocurrido decidió marcharse lejos de aquellas tierras, a emprender una nueva vida. Después de contemplar el fracaso de los otros generales, sabía que no había lugar a la esperanza, ninguna vía abierta a la solución, y que lo mejor era marcharse, en busca de nuevos horizontes.

Laurus, gran buscadora de la verdad, al término del cuento, le ha preguntado al Insólito algo al oído, que no he alcanzado a escuchar. La respuesta de éste, como canto de sirena que se deja oir por encima de cualquier sonido, si que la he percibido.

Yo no sé de verdades, sólo… Cuento historias.

Renovación de ritos

La verdad es que no hay una fecha preestablecida, todo se reduce inexplicablemente a una cuestión de pálpitos, a las variaciones encriptadas del lenguaje gíglico más egregio que utilizamos para entendernos.


Y es que éste año no tenía por qué ser distinto a los anteriores, no había razón alguna para dejar de encontrarse causalmente con Faustino, y renovar sacralizados los viejos ritos.

Volver a nacer. Pero no de una forma simbólica y banal, no, nosotros volvemos a nacer de verdad, con la convicción del advenedizo, como si estuviéramos llegando por primera vez a éste mundo de Dios o del diablo. Dispuestos mientras cruzamos la estrecha abertura, a colgar con pinzas de colores, las antinomias que nuestra visión beatífica, arrugas y canas nos han procurado a lo largo de estos años. Despiertos para desvivirlas en unos segundos, preparados para aprehenderlas de nuevo.

El caso es que éste año, sentimos de nuevo el pálpito. Y claro, sucedió lo inevitable, que nos encontramos inesperadamente reflejados en las pupilas del otro. Lo más sorprendente fue sin duda reconocerse. Después sin cruzar palabra alguna, anduvimos en paralelo hasta la hendidura materna que nos habría de dar a luz esa madrugada.

(…)

Si, cruzamos al otro lado, nos alumbramos como un par de neófitos piantados que por primera vez en su vida contemplan el mundo.
(…)

…Ya más tarde; hubo calor, jazzuelas, risas con son, nanas de cebolla, moveras kiplinglianas, libros en blanco, oxidianas litografiadas, heterónimos lusitanos, flores invernadas, ciencias patafísicas, ojos-pez, y como no, una hermosa liturgia que tenemos reservada para el momento de la despedidas.

El color de las ciudades


Había estado viendo llover por entre los cristales los últimos cinco días que iba a pasar en Burdeos, pero ni todo el agua de las tormentas que había presenciado, era comparable a la lluvia que portaba dentro de la maleta que ahora arrastraba hasta Saint-Jean. Estación en la que tan sólo hace unos cuantos meses, enfundada en su abrigo verde primavera, se había encontrado perdida.

Cómo había cambiado todo -pensaba-. Era la magia del viaje, y lo sabía. Por eso había decidido llevarse a sí misma allá donde todavía no existía. Por eso ahora tenía un ojo abierto en su espalda de sal...

...Odiseo, tomándose el tiempito de un par de veranillos de San Martín en Calipso, quedarse dormido envuelto en piel de camello, sobre una chaise-longe en el Sanatorio Internacional del Berghof. Encontrar una partitura mojada en el suelo de una calle de Berlín. Y volver de París en tren expreso sin amores infaustos después del albedrío. Cruzar al lado de allá desde el lado de acá sin tableros de dirección, todo por ser corchea en una noche del club de la serpiente. Las promesas incumplidas de fuga a una isla desierta, quedarse petrificado, en un anochecer ideado por Bernini, mientras se contempla el baile de estatuas en las fuentes de Piazza Navona. Sentarse en la nariz de Portugal frente al Atlántico, sobre la tierra baldía de cuatro cuarteos... Y saber que no hemos visto nada todavía... Los viajes...

¿Cuándo nos vamos?

A puertita gayola

Se había arreglado a conciencia esta mañana antes de salir de casa. Quizá el maquillaje era excesivo, pero quería tener buen aspecto. Por fin, parece que la vida le guiñaba un ojo y en sus labios se percibía ya el esbozo de una sonrisa que llevaba meses sin aparecer.

Apenas hacía cuatro días que había cambiado, llegando a un acuerdo con sus jefes, su anterior trabajo por éste. Aquí si que podría hacerse una mujer de provecho, como le había dicho su madre.

-Tú sonríe hija mía. Sé amable y trata a todo el mundo de usted. Hoy si que estás guapa.
- Sí mamá, pero… El otro día tuve un par de fallos… Y…
-Vamos tonta, no te pongas nerviosa, seguro que hoy lo haces todo bien. Nadie nace sabiéndolo todo. Venga corre, ¿no querrás llegar tarde, no?
-No -dijo- sonriendo, mientras le daba un último beso en la puerta de casa.

Una vez en la calle, paso a paso empezaba a sentirse cada vez más segura ¿Por qué no iba a hacerlo bien? Iba a aprovechar esta oportunidad, era el tren al que debía de subirse.

Cuando tan sólo quedaban escasos cien metros para llegar al trabajo dio media vuelta y encaminó sus pasos hasta una tienda que acababa de dejar atrás. Una bolsa de chucherías –pensó- para compartir con sus nuevos compañeros, eso seguro que les gustaba y no estaba de más tener un detalle con ellos. A la gente hay que ganársela con detalles, con pequeños detalles, se repetía. Debemos entregarles… Por lo menos, la mitad de lo que esperamos recibir, porque tenemos principios, y hay que creer en la gente, tener fe en ellos. Aunque luego no recibamos nada a cambio. La teoría de la baldosa que tantas veces le había oído repetir a su padre.

Sólo diez minutos después de cruzar el umbral de la puerta, tiene lugar esta conversación en un despacho a puerta cerrada.

- Estás despedida.
- Pero yo… Pensaba que… Si sólo he trabajado tres días.

Lo sé, ella bajó los ojos y se quedó callada, no tenía sentido seguir hablando, estaba sola y sentía frío, mucho frío.

La bolsa de golosinas, el móvil sonando en su bolso, probablemente será mi madre -pensó- . Se vio desde fuera como un payaso, ahora le sobraba todo el maquillaje, todos los nervios que había abandonado en casa. Fue entonces cuando le invadió, sumado al frío, una profunda tristeza. Eso sí, una cosa estaba clara, no iba a llorar. ¡No, no y no! No iba a darles ese gusto. Y de nuevo alzó la vista.

- Como todavía te encuentras en periodo de prueba; tenemos dos formas de hacerlo. Una es que firmes este papel, dando a entender que pides la baja voluntaria y la otra… Es una menos recomendable; algo que de hacerlo, no nos va a llevar a buen puerto. Así que tú decides.

Sin pensarlo demasiado firmó el papel que le cedía esa mano, la misma mano que apenas hace cuatro días había estrechado emocionada mientras escuchaba esa palabra, esa maldita palabra que ahora se repetía en su cabeza; enhorabuena…

Lo que no sabía era que al firmar ése papel perdería todas las opciones de cobrar el paro que le correspondía por su anterior trabajo. Eso llegaría después. Con las lágrimas y la mirada con la que su madre intentaría abrazarla, reconfortarla.

- Muy bien, entonces ya está todo hecho, por favor recoge tus cosas y si te parece, te acompaño a la salida. Lo siento, pero la vida es así. Ya encontrarás algo.

Con manos temblorosas y la mirada a ras de suelo fue recogiendo sus pocas pertenencias con sumo cuidado. Poco después, se marchó paso a paso, de regreso a casa, envuelta un silencio de crimen.

Tenía los ojos claros, los ojos claros más tristes que he contemplado en toda mi vida.

Había anochecido y me reconocía derrotado en el retrovisor del taxi con el que estaba cruzando la ciudad. Lléveme lejos de aquí, por favor – le había pedido- . La radio estaba encendida, debía ser una tertulia política por los comentarios del taxista, de fondo se oía un murmullo de voces indescifrable en la emisora de la cooperativa. Ni a uno ni a otros prestaba atención, estaba demasiado enfangado en mis pensamientos, en la historia, como para hablar de política, o para atender las disquisiciones de un taxista.

Cuando éste comprendió que el cliente que llevaba no estaba para muchas conversaciones, bajó la radio y dejó de hablarme. Por lo que yo me sentí obligado a contarle algo, ya que no quería parecer maleducado.

Y le conté la historia. Añadiendo que uno, ya debería de estar curado de espanto, tal y como estaban las cosas. Pero resultaba que no, que historias como la que acababa de contarle lo dejaban a uno huérfano de fe y de credo, para el resto de sus días. Y lo más grave, con el tiempo uno podía llegar a insensibilizarse de tal modo que acabara riéndose, consintiendo o mirando para otro lado cuando alguna de estas historias le rozaran. Nadie era inocente y eso lo sabía.

El taxista asintió con la cabeza mientras me miraba por el retrovisor.

Ésa es la mala gente, jefe, -me dijo- De todas formas yo estoy convencido, de que aunque perdamos ciertas batallas, no nos ganarán la partida. Nos quedan los principios, ¿sabe? Porque nosotros los tenemos. La baldosa en la que nos mantenemos y que nos mantiene en pie, en la que luchamos, bailamos y morimos cada día con los demás; porque queremos y creemos que tenemos que estar ahí, porque tenemos fe en nosotros y en los demás. Es mi famosa teoría de la baldosa, mis hijos está hartos de oírla.

Es cierto, tenía los ojos claros, los ojos claros más tristes que había contemplado en toda mi vida. Y sonriéndome, pensé, que nunca estamos solos.

Ahora sabía que alguien sería capaz de reeducar esa mirada, esos ojos que una mañana cualquiera, de un lunes de primavera me habían partido en dos el alma.


Un regalo inesperado.... Desde el espacio, pero a tiempo


Abro los ojos. Poco a poco la llave presiona los resortes hasta adaptarse, para hacerse uno. Me despierto. Giro con lentitud mi mano sobre el hierro. Logro mantenerme en pie sobre las arenas movedizas. Abro la portezuela del buzón, y descubro un sobre que a un ritmo acelerado, procedo a desgarrar por un extremo. Enciendo la luz del baño. Introduzco la mano. Ahora si que estoy frente al espejo. Extraigo con cuidado el contenido. Ahora puedo verme. Esto es lo que os muestro.


Gracias F/S

Topográficas y metafísica

Sigue siendo mi frater, a pesar de algunos imbéciles, por no mentar cosas mayores -yo sé lo que me digo... Y la candela que les repartiré el día del juicio, antes de irme donde me toque, con mucho gusto-.

Es el de la foto, el Caballero Cadete D. Enrique Bascuas, un Amigo de los pocos, por no decir el único, con el que me iría al fin del mundo, el que un día me prometió que siempre estaría a mi lado y que sería capaz de ir a buscarme, hasta las puertas mismas del infierno si fuera preciso y un paso más -añadía-, mientras se le salía el corazón por la garganta, como acostumbra. Un hombre que pertenece a esa milicia, de la que hablaba el gran Don Perdro Calderón de la Barca, como una religión de hombres honrados.

El caso es que el otro día me mandó una carta desde la Academia General Militar, el sí que escribe cartas. Y me adjuntaba un texto que había escrito en un momento de inspiración. Pónme nota -me decía el jodío- Y si te estiras lo cuelgas en tu blog. Y yo, que ya no le puedo negar nada, porque le debo demasiado, he decidido colgarlo.

El texto es certero y un espejo para descifrarlo. Así que empezaré por callarme y os dejaré en su compañía. Espero lo disfrutéis...


"Para hacer una buena topográfica hay que poner en juego todas las capacidades, intelectuales y físicas. Se trata de encontrar el itinerario correcto, para pasar por todos los puntos con el máximo aprovechamiento.

Lo primero es orientar el mapa para saber dónde estoy y dónde quiero llegar, estas dos preguntas son tan profundas como la trascendencia que quieras darle a tu existencia.

De esta forma vas tomando rumbos y te lanzas a la carrera. Cuando estás corriendo cuesta parar y ponerte a sacar el mapa y la brújula, para ir sabiendo por donde te encuentras, lo más cómodo es correr en una dirección aproximada y cuando ves un grupo de gente piensas que, allí debe de estar la piqueta, éste sistema sin embargo es poco fiable. Muchas veces ves un grupo de gente por una zona y te das cuenta de que unos han llevado al error a otros.

Es fundamental la brújula, todos llevamos una de dotación, la brújula, por mucho que nos empeñemos en marearla, siempre marca el norte magnético ,aunque he visto gente que de tanto zarandear la brújula la tienen desvencijada y ya no les marca el norte, a veces me los cruzo por alguna vaguada y me dicen el norte esta en otra dirección, les digo que mi brújula dice lo contrario y en general cada uno se va por su lado, puede que mi brújula esté mal, cosa poco probable, porque me guía sin fallarme desde hace muchas topográficas. Por si acaso miro referencias externas, estas referencias suelen ser puntos de más altura que siempre nos indican si vamos o no por el buen camino, no varían, no fallan, como la estrella polar.

Es frecuente desorientarse y no saber en que parte de la topográfica estás, resultando que a veces en primero te crees que lo sabes todo y no te preocupas por coger la buena técnica, sino de ir dando clases.


He descubierto que se aprende mucho de gente que, a priori no parecía tener mucho que aportar y viceversa, gente con muchas topográficas hechas se pega cada patinazo de campeonato.

Los atajos no suelen conducir a ninguna piqueta, además tienes la sensación de desorientación cuando tratas de llegar a un punto por procedimientos inadecuados. Si habitualmente tomas atajos esa sensación desaparece, y ya no sabes ni por dónde vas.

Finalmente llegas al punto final del bucle y te revisan la tarjeta de registro, entonces respiras aliviado cuando te dicen que; todo en orden. Y a por el siguiente bucle. En ese momento ves mucha gente que te va ganando la partida y te enteras de algunos de los que hace tiempo, no se sabe nada.

Yo suelo pensar en un consejo que me dio un buen amigo, experto en topografía, " actuar honestamente nos conduce habitualmente a estar en aparente inferioridad."


Algo que contar

Dicen que marchó a la guerra, porque podía imaginar cómo iba a ser su vida hasta que muriese, harto de coger cada mañana el mismo autobús, cansado de abrir cada tarde el buzón y no encontrar una sola carta que no fuera del banco. Ya nadie escribe, ni recibe cartas de amor - decía-.

Que pasaron los años y que demasiadas gargantas desgarradas le perforaron el corazón del tímpano y que ya nunca pensó en volver. Porque él quería arreglar la risa rota de los niños con los que se cruzaba. Algo -decía- ha fallado de raíz, si no somos capaces de arrancar la sonrisa de un niño. Sólo ahí podía verse de verdad el hueco de un diente que perdió, en esa sonrisa de dominó que lo hacía en cierto modo entrañable.

Dicen que en su último amanecer gris, antes de adentrarse en la selva, apuntó a modo de testamento en su cuaderno moleskine: "Tener algo que contar".

Prometo contar algo más...

Los hijos de Aracne. (Luces y sombras)

Miró y vio que la mar estaba en calma, tanto, que daba sensación de suavidad. Y es que Javier era así, acostumbraba a organizarse citas en los lugares más inhóspitos de la ciudad.

La excusa ésa noche era que no tenía pan y por eso estaba ahora en el puerto, acercándose hasta Ambrosio con su característica forma de andar, como si se deslizara de forma cansada.

Lo esperaba a bordo del Wendy, con su sombrero de jipijapa y su cuerpo chato, tejiendo y destejiendo con verdadera maestría una red verde y desleída en agua.

- Ambrosio, ¿trabajando a estas horas?

Es mejor tejer de noche, así se cosen mejor –hizo una pasusa, y lo miró con un brillo burlón en los ojos- las sombras de los peces.

Javier lo miró desde lejos y se sonrió, dejó la barra de pan en la diminuta cocina que tenía y se quedó en silencio un buen rato, observando el puerto; mientras tanto Ambrosio, bajo la media luz del farolillo que colgaba de la cabina del barco, volvía entregado a su labor de costurera.

-No sé que hacer con mi vida.

El agua a sus pies con débiles y sin embargo consistentes embestidas, desgastaba pacientemente el muelle; a cientos de kilómetros por encima de sus cabezas los satélites giraban una vez más sobre la tierra. El faro, no muy lejos de donde ellos se encontraban proyectaba su haz de luz en busca de algún barco perdido, de alguna pupila atenta. Todo estaba en silencio, sólo roto en ocasiones por el crujir de una madera vieja o por el tintineo de alguna campana, cuando algún barco se adentraba en el puerto.

Ambrosio seguía sin mirarle, estaba tejiendo. Eso –dijo- no lo puedo coser yo todavía, eso te toca a ti.

Javier cogió aire, hasta llenar por completo sus pulmones, y lo retuvo ahí, sintiendo los latidos acompasados de su corazón, hasta que al final lo soltó de golpe en un suspiro. Quizá –dijo- si yo fuera un pez, podrías coserme la sombra, ¿no?

Tú todavía no tienes sombra, chaval, dejó la labor sobre el banco de madera y lo miró. No has subido de momento a la superficie, sabes que el sol, que la luz está ahí, -hizo una pausa y chascó la lengua- pero no has subido a comprobarlo… Pececillo del norte del Mediterráneo...-dijo, zumbón-. Ya está bien de bucear, ¿no crees? Empieza a jugártela, a buscar, abre los ojos, ¡coño!

Y deja de decir esas frases idiotas y sin sentido. Un día si sigues así, te lo aseguro, querrás esconderte, huir de tu sombra y ésta no te abandonará, hasta el momento de tu muerte; todos tenemos un pasado, porque en algún momento tuvimos un presente. Tu sombra será lo único que dejes aquí abajo, y tendrás suerte si alguien algún día la encuentra, y puntada a puntada, con paciencia, te recuerda. No pasamos de puntillas por aquí abajo, no hay que ser tan ingenuos, tocamos y morimos, porque somos tocados y matamos. Lo que haces y lo que no haces, tiene un sentido, ahora está escondido, pero ten presente el día en el que se ilumine.

¡Y ahora –gritó con voz ronca y sonora- vamos a cenar, hijo! No es bueno hablar de estas cosas con el estómago vacío.

Las reglas del juego


G. quiso acercarla a sus labios por última vez, y todavía la notaba dolorida. No, no quería engañarse, era la despedida. E iba a dejarle, lo sabía, una herida tan profunda como la que ella le había inflingido.

Ahora su nombre pertenecía al olvido, no importaba; como tampoco importaba la mano, amiga o enemiga, de la que se había servido para acercarse hasta él.

Lo único que quedaba entre ellos dos; era el tiempo, los minutos contados segundo a segundo, como las gotas de lluvia por metro cuadrado del meteorólogo, los silencios que se dedicaron escrutándose las retinas, en busca del atavismo inscrito en su ADN. El juego de recursos a una inteligencia propia del oficio, para tocarse los oscuros resortes que ni siquiera ellos conocían. Perdiendo el lastre de la ingenuidad en cada centímetro de cada caricia, al mismo tiempo que se regalaban credos como estrellas que existieron hace millones de años.

-¡¡Malditos libros!!!

G. ya había leído las diez últimas líneas (¿eran diez?) de la novela que acababa de cerrar. Y su mirada, desde luego, ya no era la misma.

*Doctor Alt, Erupción del Paricutín.

Los cantos de sirena de Sherezade


No era el asno de Chaquespeare en el sueño de una noche de verano, aunque si que ella, así dormida, tenía algo de Titania. Quien tuviera un buen duende para … En fin…

Estaba tan hermosa dormida; que impresionaba verla, con los toboganes de sus pestañas invitándome a reposar mis labios, con un beso, con una caricia.

Tampoco era domingo en las claras orejas de su burro. Ni por el oro de todo el Perú habría cambiado estar aquí, de pie, en el vano de la puerta. Observándola, perdonando la tristeza de tantos otros que no tenían esta suerte…

Pero era su burro, el burro que le había regalado esta tarde a Zenobia, y ella se había dormido abrazada a él.

A veces la vida era tan fácil observándola. Todos los velos con los que se cubre éste mundo desaparecían, y la límpida luz de alguna estrella volvía a iluminar mi camino.

Quizá por eso le regalé a Platero, quizá por eso; como a Platero le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel, le gusten algún día mis versos, con la cristalina gotita de miel que derramo en cada uno de ellos, para endulzarle la vida.

Cuadernos de viaje (Y otro martes...Y otro miércoles de ceniza)


CAPÍTULO I

El viento lo hace –dijo-. Y esa mañana, maldita sean todas las verdades de este mundo, soplaba un fuerte viento del este. Aún era de noche cuando le desperezaron los lejanos focos del aeropuerto, se había quedado dormido en el asiento del autobús urbano, bajo el incesante guiño de un fluorescente.

Según le había informado el guardia de seguridad de la estación, el autobús, tenía una parada que le dejaría a escasos cien metros de la entrada de la terminal, pero el sueño le había vencido y ahora esa parada, debía estar esperándole unos cuantos kilómetros a su espalda. Una vez más. El inspirado. Se había perdido.

La verdadera historia había comenzado mucho antes, y estaba más lejos de la calle Tintín y Milú; extraña calle para perderse –pensó-, en la que se encontraba ahora; anclada en un tiempo en que el viento, no soplaba.

¡¡¡Cling!!!

-Cago n´la ostia chaval. La verdad es que tenía razón, había apretado el botón de parada un par de segundos antes de superar la misma. Pero tampoco el conductor, un tipo entrado en la cincuentena, con un poblado bigote, algo cano, y unos ojos tan vacíos y profundos, como las calles por los que durante tanto tiempo los había arrastrado, le había avisado cuando habían llegado al aeropuerto. Así que frunció el entrecejo y le lanzó una mirada a mitad de camino entre el desafío y el desprecio. Al fin y al cabo, estaban parejos.

Ahora el viento si soplaba, y vaya si soplaba, estaba en la calle, y estaba sólo, después que el autobús se marchara, dejando tras de si un estrepitoso ruido, propio de un animal mitológico; puertas, frenos y blasfemias del conductor.

Ya estaba fuera. Ni un alma -pensó-. Me queda una hora y tres cuartos, para que despegue mi avión y no se cómo llegar…

Las luces del aeropuerto se intuían a lo lejos, decidió dejar de quejarse, echó un último vistazo en ambas direcciones de la calle, y empezó a andar.

Take a walk on the wild side

Estoy de vuelta (stop) llegaré en unos días (stop) el tiempo está desapacible (stop) el norte ya no está donde debiera (stop) y me he perdido...(stop) Sé que me estarás esperando (stop) Por eso te escribo (stop)Todavía quedan islas desiertas (stop). De alguna forma escondida te sigo queriendo(stop) Un beso (stop)

Timeo danaos et dona ferentes*



Temo a los griegos aunque traigan regalos

Y yo que me esperaba una Reina Maga… Con su camisita, con su canesú… Está bien, para que vamos a engañarnos, mejor sin ellos. Con una mirada a mitad de camino entre lo imposible y lo azul….En fin ya saben, esa mujer que aparece como por arte de magia o birlibirloque y que hace que valga la pena seguir respirando…

Aunque si que es cierto, que éste año me han dejado algo, cuando menos, diferente. Al despertarme esta mañana he podido comprobar que al lado del carbón, este año ganado a pulso, lo reconozco, había una hoja, un papel verjurado en el que había escrito lo siguiente: (…)
A pesar de ser un sentimental y por lo tanto tener mal gusto, no voy a relatar lo que ponía, pero si les diré algo para que se hagan una idea…

El papel estaba lleno de de planes de viaje, de versos, de sonrisas y carcajadas, de risas entre dientes, de guantes recogidos, de trincheras codo con codo. Del match point en el hemipléjico segundero de mi reloj.

Lleno de nombres, de fechas, de amigos y de nuevos amigos, por supuesto también de enemigos, de mujeres…

Y de Victoria…

De frío, de barbechos y llamadas y de no encontrar en el buzón, ni una sola carta, de sonrisas de dominó, de apretones de manos y gracias a Dios, de pocas palmadas en la espalda, de un ramillete de pecados y una corona con absoluciones, sin espinas, de alzheimer, de canciones, de risas y lágrimas, de estornudos, de un par de caídas, de exabruptos extrayustados y paramovidos…. De nóminas, de humo, de muerte y de tinta. De caricias, de lluvia y de olvido, de cafés al otro extremo de la ciudad con el miedo, de libros para leerme, de semáforos en rojo poblando el amanecer….

Y otras tantas palabras, déjenme se lo cuente, que me devolvieron la magia en la mañana de reyes.

Y de la Reina... Maga. Sólo guardé el diamante, después de besar su mano. Sigo respirando...

*Capítulo XXIII - Los tres mosqueteros -
"...-¿Qué he de temer -respondió D'Artagnan- mientras tenga la dicha de gozar del favor de Sus Majestades? -Todo, creedme.
El cardenal no es hombre que olvide una mistificación mientras no haya saldado sus cuentas con el mistificador, y el mistificador me parece ser cierto gascón de mi conocimiento.
-¿Creéis que el cardenal esté tan adelantado como vos y sepa que soy yo quien ha estado en Londres?
-¡Diablos! ¿Habéis estado en Londres? De Londres es de donde habéis traído ese hermoso diamante que brilla en vuestro dedo? Tened cuidado, mi querido D'Artagnan, no hay peor cosa que el presente de un enemigo.
¿No hay sobre esto cierto verso latino?... Esperad...
-Sí, sin duda -prosiguió D'Artagnan, que nunca había podido meterse la primera regla de los rudimentos en la cabeza y que, por ignorancia, había provocado la desesperación de su preceptor-; sí, sin duda, debe haber uno.
-Hay uno, desde luego -dijo el señor de Tréville, que tenía cierta capa de letras- y el señor de Benserade me lo citaba el otro día... Esperad, pues...
Áh, ya está: Timeo Danaos et dona ferentes
Lo cual quiere decir: «Desconfiad del enemigo que os hace presentes». -Ese diamante no proviene de un enemigo, señor -repuso D'Ar tagnan-, proviene de la reina. -¡De la reina! ¡Oh, oh! -dijo el señor de Tréville-. Efectivamente es una auténtica joya real, que vale mil pistolas por lo menos. ¿Por quién os ha hecho dar este regalo? -Me lo ha entregado ella misma. -Y eso, ¿dónde? -En el gabinete contiguo a la habitación en que se cambió de tocado. -¿Cómo? -Dándome su mano a besar..."

Fiz* 2006


Desde esta ventana por la que, de vez en cuando, me asomo al mundo, y a través de la cual, todo el mundo que quiera puede recostar su mirada; quiero desearos, un fiz año 2006.

*"... Fue al azar, entre el barullo de gente que poblaba y repoblaba los rincones de la ciudad.
El reportero era joven, y ahogaba el frio en una bufanda color burdeos, se encendió el foco de la cámara y la pregunta, como una salva, acortó la distancia entre los dos desconocidos...

¿Qué es para usted la felicidad?

Tras un silencio no demasiado largo, el desconocido contestó con una sonrisa en los labios, una sonrisa que se diría, venía de lejos...

Una mujer que me kía, que sea fiz, que me haga fiz..."

Bautismo de fuego


Este artículo apareció en el www.elsemanaldigital.com el 14 de agosto de 2005. De la mano de GUILLERMO URBIZU -LETRA AL VUELO- Donde él escribe, donde yo, le leo.

--EL INSPIRADO--

Guillermo Urbizu
En realidad esta historia debiera ser contada por Diego, un muchacho despierto al que aprecio de verdad. Los que le conocen saben de su amor por la literatura. Bueno, por la literatura, por las chicas guapas y por Joaquín Bisana, un poeta que canta sus versos con ronca voz noctívaga.

Diego es un corsario de la belleza. La ronda, la acecha, hasta que cae sobre ella rotundo, sin palabras, entregado, sin notar el dolor de las heridas o el fuego graneado de su ternura. Los libros siempre le acompañan y en una vieja carpeta guarda recortes de prensa, citas, apuntes, poemas, resúmenes de lecturas, dibujos o letras de canciones. En fin, materiales para cimentar su futura obra. El chico tiene inquietudes vaya, lo cual es de agradecer en unos tiempos donde prima la desconfianza hacia la inteligencia -por un sencillo mecanismo de vacío interior- y donde la sensibilidad es un absurdo que nadie quiere para sus hijos. Pero dejémoslo estar.

Paso a relatar lo que ocurrió. Hará un año, o quizá más, yo no me veía capaz de escribir absolutamente nada. Un conglomerado de complejos, pereza y falta de imaginación me lo impedía. Pudiera ser que no fuera sino miedo. Un miedo visceral al fracaso. Me venían mil ideas a la cabeza, títulos de posibles cuentos o novelas. Algunas de ellas llegaba a desarrollarlas mentalmente -nunca por escrito- a lo largo del día, pero tarde o temprano las dejaba ir, mecidas en el difumino del sueño o del olvido, que a la postre vienen a ser lo mismo.Sobre todo lo que acudían a mi mente eran títulos, muchos títulos, un cúmulo de títulos que no dejaban de ser remota posibilidad o espejismo. Pero la verdad es que tampoco les hacía mucho caso. Prefería (y prefiero) leer.

Con cierto sentido de urgencia. Sufro cuando veo todas esas interminables hileras de libros polvorientos a los que nadie acude. Su presencia me seduce, me inquieta su soledad. Quisiera redimirlos, tomarlos en mis manos. Pues llega un momento en la vida en que la lectura es una caricia, una mirada que se desliza hacia la intimidad del tiempo. ¿Qué deseo no alienta un deseo todavía mayor? Por otra parte me consumía el pensar siquiera que algo escrito por mí iba a sumarse a la infinitud de libros innecesarios que anegan las librerías. Su caudal es ya de tal magnitud que hace imposible un normal discernimiento. Yo lo que quería era leer. Y que me dejaran en paz.

¿Había algo malo en ello? La vida nos lee y, durante su transcurso, vamos descifrando como podemos su alfabeto. Somos tiempo, de acuerdo, pero también algo más, y es por eso que mientras leemos lo trascendemos, lo hacemos añicos. La vida, la vida, la vida. La vida es sólo una buena excusa para leer. ¿Qué si no? Y descubrir así sus añagazas y flirteos. ¿Conoce alguien novela mejor, poema que resulte tan conmovedor o trágico? El hombre es literatura porque es historia y es metafísica. No leía para evadirme de una realidad agobiante y oscura. Nada de eso. Trataba precisamente de interpretar mejor la realidad, de comprenderla, incluso de pensarla. Sin imaginación no se puede trascender, y sin trascendencia la vida es un sinsentido. Lo sé bien. Un buen día de octubre, de súbito, un título me fue dado, se manifestó nítido entre las musarañas de la cotidiana labor: "El inspirado". La situación no era nueva. Tomé nota.

Durante unos días anduve inquieto, ante mí se representaba "su" historia, lo esencial de una trama en la que el protagonista se sentía verdaderamente inspirado para crear, para escribir una novela oceánica donde se filosofaba a conciencia, donde el humor era un personaje más y donde lo poético adquiría carta de naturaleza. En una noche de mal dormir, cavilando sobre estas ampulosas nimiedades, "el inspirado" me pareció una historia constreñida precisamente por su exceso. Una vez más me veía atenazado por lo de siempre. A la menor dificultad prefería callar, poner silencio de por medio. Sin embargo era imposible quitarme de la cabeza aquella especie de guión del alma en el que parecía haberse transformado lo "inspirado". En una de nuestras frecuentes conversaciones le conté a Diego todo el asunto. Le pareció un título afortunado, con un amplio abanico de posibilidades. Y sobre la marcha ocurrió, ocurrió lo inevitable. Le cedí el título. Sí, eso mismo, se lo regalé para que fuera él quien escribiera la historia.

Ha pasado el tiempo. Diego sigue recopilando información para la novela, y yo sigo leyendo convulsivamente. En realidad pocas cosas han cambiado. Salvo una. Hoy he comenzado a escribir estas líneas. Ha sido algo repentino, súbito. Me encontraba con mi familia en un restaurante italiano del centro de la ciudad. En un momento dado, en una servilleta de papel, he anotado con grandes trazos: EL INSPIRADO. Mi mujer y yo nos hemos cogido de la mano.

"En realidad esta historia debiera ser contada por Diego, un muchacho despierto al que aprecio de verdad. Los que le conocen saben de su amor por la literatura". Ya en casa he seguido escribiendo y, hasta aquí, donde ahora me encuentro.

In ictu oculi


Me lo decía Juan Luis. Un buen amigo mío, de esos que escasean ahora, de los que a veces no necesitan hablar para contarte algo, de los que sienten cuando uno está triste y llaman; o rezan, o las dos cosas.

Somos muertos en libertad condicional. Y no sé, si esta frase es hija de su don, o la historia de un gran robo, pero el hecho es que el cabrón, la sacó de dentro cuando me la dijo. Somos muertos en libertad condicional -me repito-.

Quizá por el trabajo que realizo -prefiero no mencionarlo- tengo una relación más o menos frecuente con la cierta, así llamaban antiguamente a la muerte, la veo como ronda, como acecha detrás de las fechas, como baila su macabra danza por entre las saetas de nuestros relojes, (tic-tac, ¿recuerdan?).
Y una noche pasa, sin toc-toc en la puerta y con muy buenos modales te dice, que vayas exhalando el último suspiro, que te fumes esa última calada, o lo que carajo tengan ustedes pensado para cuando todo se acabe... Y... Ála, el chow ya no debe continuar, se acaba, finito, kaputt. Lo que hiciste y lo que dejaste de hacer queda ahí, sobre el tapete, éstas cartas me llegaron y esto es lo que os muestro, ases en la manga incluidos.

Esta noche ha vuelto a suceder, y no ha sido diferente al resto de ocasiones, en que he visto desfilar, por los reflejos que cobro en mi retina, ese es mi verdadero sueldo, las caretas, las conciencias de primera comunión, los apretones de manos, etc. Y que quieren que les diga, ya no me conmueven. No hay más ley, que la ley del tesoro en las minas del rey Salomón. El muerto al hoyo y el vivo al bollo -sobre todo ahora, que está tan de moda el tema de la pastelería-

Son los que en vida del difunto, porque algo perdió, sino no estaría ahora tan secreto, desaprovecharon la penúltima hora en su compañía, para intentar arrancar de su mano moribunda, un dripping con tinta bic, ilegible y picassiano -esto, claroestá, por el valor- sobre un papel verjurado de cesiones y autorizaciones a tutti plen. En lugar de pararse a abrigar el frío, en lugar de escucharle y aprender un poco - los hombres antes de diñarla, sueltan verdades a la misma velocidad que cabos- de lo que es en verdad la vida.

Eso si, ahora los veo con la garganta henchida, mientras los ojos se les acristalan, comentar por lo bajo que; "era un buen hombre", "ha tenido una bonita muerte, con todos sus hijos, -nietos no, no vaya a ser que se traumen y se queden más gilipollas todavía, si cabe, el resto de sus oropélicas vidas- alrededor de la cama". "Si, yo le cogí la mano mientras dejó de respirar, y eso marca ¿eh? Que experiencia, esto no se me borra..." " Mañana tomamos un café, con bollo y te cuento los detalles..."

Y mientras, el viejo mira el óbolo, enicende el cigarillo al que le ha invitado Caronte y dice ante la mirada cómplice de éste: "Hay que joderse"


Enlace recomendado:
Jorge Manrique "Coplas por la muerte de su padre"

Tic-tac


Lo eterno es invisible, ya que todo lo visible cabe en un ojo. Así, de esta forma la eternidad no puede mirarse en si, ya que nuestro ojo es imperfecto. Esto nos lleva a deducir que, hay que llegar al conocimiento de lo eterno, sin sentidos. Sólo el intelecto puede aprehender lo eterno... Aunque nunca lo podrá comprender, porque también nuestro conocimiento es limitado. La experiencia nos dice que no podemos comprenderlo todo, del mismo modo que no podemos verlo todo. Sólo vemos partes, piezas, entendemos las abstracciones, propias y personales, pero nunca llegamos a comprender las ideas totalmente.

Un ser temporal no puede tener cabida en lo atemporal. Y el cielo, lo eterno, es atemporal; así que no puede entrar, a menos que no vuelva a hacerse de nuevo. El alma como es atemporal no necesita ser hecha de nuevo.

Sólo lo atemporal entra en el cielo.

Entonces...¿Qué eternidad puede haber en un momento temporal? ¿Puede haberla?

Nuestra alma tiene la facultad de eternizar los momentos a su libre discrección, siguiendo un acto volitivo. Lo que viene a significar que, todo es eternizable en la medida de nuestra voluntad. Y diré más, el juicio final, será un juicio de lo eterno que ha habido en nuestras vidas, para que de esta forma pueda pasar a una nueva vida, dejando atrás todo lo temporal.

Los entes son pontencia de eternidad, "instrumentos" eternizables. Por lo que la misión de lo eterno, no es otra que convertir lo temporal en eterno. Y en esa pugna es donde tiene lugar la vida.

Nosotros somos inmortales, por lo tanto nosotros en tal conocimiento, no debemos preocuparnos por realizar movimientos o actividades en el menor tiempo posible, pues al igual que el reloj nos reduciríamos de manera circular, en un egocentrismo supino. Y aunque el límite de nuestro tiempo vital sea evidente. Hemos de llegar a una sola conclusión... El tiempo no existe.


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Laberintos


Yo no quería escribirte esta carta, lo que el tiempo entierra en las gavetas de la tierra que pisamos, no es bueno resucitarlo. Ojalá no fuera un sentimental, ojalá tuviera aún buen gusto. Pero quizá me estoy haciendo mayor y empiece a tener demasiado frío en el alma. Ya no consigo desoír los consejos plateados que me escupe el espejo cada mañana. Perdona, quizá este haciendo inventario de lo que pudo haber sido y nunca será mi vida. Ya sabes que aquí en la trena, se tiene demasiado tiempo para pensar y las saetas de los relojes esperan sin esperanza a que llegue la cierta.

Si te dijera que ya no espero ese amanecer que no sea gris en que me levante y salga de esta celda y vuelva a respirar… Te mentiría.
Que, ¿por qué llegué hasta aquí?. Pues no sé, un golpe de mala suerte, la vida que es muy perra y me ha dejado tirado en la cuneta.
Lejos quedan aquellas tardes de la primavera de nuestra vida aquí en Vallecas. Cuando nos escapábamos de la rutina diaria jugando al escondite con los relojes, sumergiéndonos en las bocas de metro, que nunca nos regatearon el dulce beso de las huidas.

Que recuerdos, la cantidad de tardes que nos jugábamos el rubor de nuestras mejillas intentando flirtear con la Cibeles, las primeras cañitas en el barrio de Chamberí. Aquel viejo perdedor, escapado del traje a medida que era la voz de Ana Belén, que siempre estaba sentado en el último taburete de la tasca “El Pájaro Azul”. El mismo que después quedarse mirándonos desde la atalaya de su taburete, nos ofreció nuestros primeros ducados.
Los interminables paseos por el retiro, con sus rincones tan olvidados, tan inolvidables. Recuerdo las pesetas que te ganabas en cualquier portal poniendo cara de... Porqué a mí. "Señora si me da una pesetita, yo le canto”. Pesetas que en ocasiones teníamos que desembolsar en el puente que llamábamos ”la aduana”, para poder franquearlo. Ojalá se pudieran sobornar ahora ciertos puentes, ciertas edades. Pero el destino hay que saber afrontarlo como se baila un chotis, muy pegao y en una sola baldosa, auque esta sea de arenas movedizas.
Como ha cambiado Madrid, aunque sigue siendo el mismo. Su otoño Velázquez, su estación de Atocha, su torre Picasso. Una ciudad que poco a poco es mas mestiza, es más mentira, en la que cuesta mucho respirar.
Como olvidar cuando queríamos prenderle fuego al mundo y al final nos conformamos con quemar un campo de las Rozas, fue el mismo día que le dijiste a tu madre que querías dejar de ser gordo y bueno y convertirte en flaco y malo. Nunca lo lograste del todo.

Terminamos el colegio y tu te fuiste a la Universidad de Derecho yo por mi parte empecé a preparar oposiciones a Carabenchel. Aunque nunca dejamos de ser amigos, cada uno siguió su camino. Y nada debemos echarnos en cara, el olvido es el único pecado que no me ha dado por cometer. Todavía late un corazón debajo de este pecho tatuado de cicatrices.

Espera, voy a encenderme otro cigarro; mierda no tengo. Voy a pedirle al Salva, mi compañero con la desencuadernada que siempre tiene un Bisontes de paquete blando pa´ un colega.

Ya estoy. El caso es que me enteré de que llegaba la fecha de tu onomástica, por tu madre –yo nunca fui bueno para las fechas, aunque casi mejor por lo que me queda aquí dentro- que se pasó el otro día por aquí, para visitarme y ver que tal andaba. Que gran mujer, probablemente si yo hubiera tenido los padres que tu tienes, no estaría ahora en el talego.
El caso es que un día te fuiste a Málaga, que gracia, el mismo día que te piraste, a mí me calzaron los maderos. Tendría que haber ido a despedirte, sé que te entristeció mucho irte de Madrid. Desandar la tradición de los poetas que vienen del sur a la capital. Uno no debería irse nunca de Madrid, uno en el fondo nunca abandona Madrid. Y a mí, que nunca me fueron las despedidas dije; ahí te pudras a las lágrimas que no gasté. No sabes como me dolió, que me metieran diez años y un día. Por ti, no, yo sabía que te las sabrías apañar allá donde fueras. Con ese aspecto de lord inglés, todo un gentleman.

Vente algún día a visitarme, te presentaré a esta gente y recordaremos el Madrid que siendo niños nos enamoró, por el que tanto corrimos. Y nos daremos un paseo por esa plaza Mayor, por ese Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal, por esa puerta de Alcalá que siempre nos quiso regatear la gloria. Iremos al puente de los franceses, a la corte de los milagros, al palacio de Cristal. Vuelve al kilómetro cero de los recuerdos. Y gastaremos risas, tabaco y memoria. Aún estamos vivos.


Fdo: Desde el talego...A mi amigo Diego Tejedor. Frente al espejo en el día de su cuarenta cumpleaños. Víctima de un desdoblamiento de personalidad.

La escultura "Teseo sul Minotauro" es obra de:
Canova, Antonio. (Possagno, actual Italia, 1757-Venecia, 1822)

El comienzo

El inspirado es luz para los corazones,

calor para la razón.

Un torrente que desborda cauces

lo indefinido en cualquier dirección.

El hurto famélico de la inquietud

la juventud que se hace, vieja sin compasión,

el impresionismo reinventado en la televisión sin technicolor.

unos labios de crema de los que nadie ha robado una flor

un silencio de ojos que observa...

...Lo que hay después del sol...