
Todas las estrellas que estáis viendo... Son reales.
Apenas había pasado una hora desde que habían abandonado la torre del pino dejando atrás la tienda del señor Pratt. Se había quedado en silencio, viéndolos marchar por entre las volutas de humo que trepaban por el aire desde su pipa. No se había despedido, pero de alguna forma en ese crujir de madera acompasado proveniente de la mecedora, les estaba diciendo adiós.
Únicamente habían ido a comprar unas galletas, aunque los tres lo sabían, nadie se marchaba sólo con aquello que había ido a comprar a la tienda del señor Pratt. Siempre pedía favores; tenía encargos, cartas que enviar, artículos extraños que quería adquirir, el caso es que por alguna extraña razón, uno siempre acababa metido en las historias más rocambolescas por su causa. A cambio Pratt, hacía las mejores galletas que jamás han existido ni existirán; y a los niños que se acercaban por su tienda, muchas veces nos las canjeaba por pequeños favores. Y en esta ocasión no tenía por qué ser distinto. Como quedó confirmado cuando resonó la voz del viejo Pratt, al otro lado del mostrador.
- ¿Me podríais hacer un favor? –dijo- mientras por encima de sus orbiculares gafas, enarcaba ésas cejas blancas y pobladas que parecían dos glaciares.
Los tres jóvenes se miraron un segundo sonriéndose, después le respondieron ansiosos por conocer algún detalle del encargo que les iba a encomendar. - Si, lo que usted quiera. Díganos…
A medida que se iban acercando a la casa, los azules que poblaban el cielo, como si alguien estuviera retocándolo a pinceladas, se iban trocando en tonos burdeos. Soplaba una suave brisa procedente del norte que además de hacerlos caminar más juntos, hizo que a los pocos minutos, en la bolsa de galletas sólo quedaran unas cuantas migajas.
La casa a la que les había enviado el viejo Pratt, estaba en el otro extremo de la ciudad, lejos de donde ellos vivían, pero tampoco tenían nada más interesante que hacer aquella tarde y la curiosidad encaramada a su juventud, como un gato panza arriba se encargó de hacer el resto. A fin de cuentas, no habían ido a la tienda del señor Pratt sólo a comprar galletas.
Las órdenes habían sido claras, debían depositar bajo el felpudo de cierta casa, la carta que les había entregado, y después marcharse por el mismo sitio por el que hubieran llegado.
Ya había anochecido cuando se encontraron frente a la puerta y les llamó la atención la ventana que había casi al lado, una ventana dividida en seis cuadrados de cristal, por el que se podía intuir la figura de un hombre que con nervio frenético se movía de un lado a otro de la habitación. El hombre llevaba una especie de quinqué adosado a su cabeza por una cinta y lo más curioso, es que a no ser por ésa luz, no habrían podido ver nada, porque la habitación estaba completamente a oscuras, a oscuras y vacía. Los tres amigos no comprendían nada, y una vez más miraron el sobre en cuyo anverso estaba escrita la palabra; Sedna.
- ¡¡¡Qué hacéis ahí fuera!!! Rugió una voz desde el interior de la casa. ¿Me estáis espiando, malditos mocosos?
- No señor, sólo veníamos a entregarle esta carta que nos ha dado el señor Pratt para usted, pero ya nos íbamos. Sentimos haberlo molestado.
- ¿Queréis cambiar? Preguntó una vez sosegada ya, la ira del principio.
- ¿Caaaambiaaaar? Respondieron a la vez los tres. ¿Cambiar el qué?
- Cambiar vuestras vidas, ¿queréis contemplar una cosa que hará diferente a partir de ahora, el resto de vuestras insignificantes vidas? ¿Queréis sumergiros en el universo y ver lo que ningún ojo humano vio nunca jamás?
Los tres amigos estaban sorprendidos, con las bocas abiertas nos sabían que responder a aquél hombre del que nada sabían y mucho menos, qué era aquello que les iba a mostrar.
-Yo soy Sirio, el farolero, yo enciendo y apago las luces, perdonad que no me haya presentado antes, pero no sabía que veníais de parte del viejo Pratt. Sed bienvenidos, ésta es vuestra casa… Pasad, pero por favor, antes de entrar tapaos los ojos con las palmas de las manos, y bajo ningún concepto, pase lo que pase, deberéis abrirlos, ¿entendido? No tengáis miedo, confiad en mí. Yo os guiaré.
Se intuía una casa amplia, grande, las manos de Sirio los guiaban por ella y ellas eran su única referencia. Hasta que en un momento dado el tacto de éstas desapareció. Habían subido por una especie de escalera muy estrecha.
-Y ahora acercad los pies a la balaustrada y nos os mováis, pero seguid con los con los ojos cerrados y relajaos, sólo tardaré unos segundos. Y una vez más, recordad no hay nada que temer, no os va a pasar nada, después de esto, os lo aseguro, seréis diferentes.
No despegaron las palmas pero si que abrieron los ojos, de forma que lo único que vieron eran una luz como no habían visto nunca antes, una luz Blanca que intentaba abrirse camino por entre sus manos, una luz que golpeaba tras las tres delgadas líneas rojas de los dedos, que en vano intentaban contenerla, una luz que estaba haciendo las yemas de sus dedos transparentes.
No aguantarían mucho tiempo así, tenían miedo, sudor en las palmas de las manos, pero habían dado su palabra, se habían comprometido a no despegar las manos y no lo harían. Y de pronto, el ruido de la luz cesó y la voz de Sirio, desde una distancia que calcularon imposible, volvió a escucharse.
- Todas las estrellas que estáis viendo… Son reales. Y esto, amigos míos, es el universo, como nunca antes ojo alguno lo ha contemplado.
Todo estaba oscuro, muy oscuro, tanto que no podían ni verse. Toda la habitación, si es que seguían en ésa habitación, estaba poblada de estrellas, el techo al igual que las paredes y el suelo, si es que ahora existían, eran oscuridad tachonada de luz.
La voz de Sirio era un susurro, parecía como si estuviera caminando entre las estrellas, explicándoles los trazos de geometría imposible que había utilizado para construir el universo, mostrándoles las líneas fronterizas imaginarias, que marcaban los puntos de luz entre las constelaciones. Su voz les envolvía, recorriendo todo aquello que estaban contemplando, hasta que al final, la sintieron muy cerca, a su lado.
-Ahora, abrid bien los ojos, -dijo, en tono muy quedo- porque vosotros me habéis traído en esa carta, el último punto de luz conocido de este universo, así que de alguna forma, también vosotros sois causa de que exista, merecéis por tanto estar presentes.
Sólo era un punto de luz viajando entre otras estrellas, un punto de luz que se alejaba poco a poco de nosotros para encontrar su sitio en esa oscuridad. Una luz que nosotros aquella noche, habíamos contribuido a crear.